jueves, 3 de abril de 2014

EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA (XX): La ordalía de John Gillan




















Pavel Tchelitchev (1897-1958) -"Hide and seek" - MoMA


En todo caso, la vida y la muerte han sido 
siempre un misterio y sabemos muy poco 
acerca de lo que puede suceder.                

Sheridan Le Fanu


John Gillan es arquitecto, que es lo mismo decir que es un soñador. En un mundo donde la vida era una penuria insensata, elegir esa carrera era toda una declaración de principios. Y una garantía de morirse de hambre. Porque nadie diseña casas. Sólo se construyen edificios estandarizados, fatalmente iguales, de un gris uniforme. Casi como lucen todos los hombres y mujeres que sobrevivieron al holocausto climático.


John Gillan es un gigante torpe y poco grácil, que es lo mismo decir que es un voluntarioso del diseño. En un mundo donde lo poco que se crea demanda delicadeza, es toda una muestra de empeño. Y una contradicción abrupta. Porque parece impensable que pueda plasmar el fruto de su ingenio con trazos tan exquisitos.


John Gillan es un gigante de barba y cabellos colorados, que es lo mismo decir que es una llamativa anomalía. En un mundo donde la gente es monocroma, su sonrisa perenne es casi una blasfemia. Y una afrenta a la patética vida miserable de los sobrevivientes.


No es de extrañar que Luana se hubiera fijado en tales dones. Lo que sí resulta muy extraño, extraño por demás, es que el corazón interfecto de la Princesa de la Oscuridad sienta algo por el joven arquitecto. Pero no es la única. La pequeña Ikito está enamorada desde el mismo momento en que advirtió que Luana lo estaba. Las malas lenguas dicen que no es sino batalla de otra guerra, su guerra personal con Luana. Pero yo creo que más allá de los celos enfermizos, la desbordante virilidad y el inusual desparpajo han cautivado también a la hija del DCI Nakasawa. Pero John ni siquiera reparó en la pequeña. Apenas si empieza a entender sus sentimientos por Luana. Ha logrado desbrozar el temor de la insensatez, la angustia de curiosidad, el deseo del afecto. Tras mucho batallar consigo mismo, tras someter a su corazón a una carnicería racional, se ha rendido a la más impactante de las evidencias: ama con locura a una vampira. Y no cualquiera. Ama a la más feroz, más sagaz y más seductoras de las monstruosidades.


John ya no se pregunta qué es lo que lo atrae. Ya ni siquiera contempla los riesgos que ello implica (quizás porque no sepa cuántas veces estuvo a punto de perecer al frenesí enamorado de Luana). Se ha mirado en sus ojos y ya no puede negar lo que siente.


Lo que todavía no puede resolver es la forma de expresar su amor. Los besos de Luana tienen una intensidad de huracán galáctico. Con solo acariciarlo, lo ha llevado a estados tan profundos de placer que cualquier concepto se revela insuficiente para ponerlo en palabras. Pero John es hombre y ya no se conforma con los besos y las caricias adolescentes. Desea algo más. Desea colonizar ese cuerpo perfecto, demorarse en cada detalle de su piel. Quiere que sus manos naveguen por las olas de su espalda. Desea fundirse en la deliciosa agonía del abrazo mutuo. 


Pero tiene miedo a las consecuencias.


Los mismos miedos que le expresa Luana. No sabe cuán tolerable pueda ser el corazón de John desbocado por la lujuria. Sospecha que con el retumbar del pulso es probable que pierda el control. No sabe cuánta resistencia consiga oponer al glorioso tronar de la sangre en el hombre que ama. Luana necesita dejarlo entrar en su cuerpo. Pero no sabe qué tan sojuzgados tenga los instintos. Y va siendo tiempo de averiguarlo.


Luana está al corriente de los seguimientos de Ikito, de modo que se las ingenió para que la pequeña “descubriera” mejores aplicaciones de la moxibustión. Aunque no deja de ser una opción peligrosa, la sed de venganza y el nuevo juguete, la mantendrán alejada. Tanto a Ikito como a Milena, el cancerbero de Madre.


Porque Luana y John se han citado en el cementerio de automóviles de Staines-upon-Thames, en el oeste de Londres, por donde la regente de la Hermandad de la Noche vagabundea cuando se siente abrumada por las circunstancias. Es un lugar lejano, tranquilo, de alguna manera imparcial. 


Es tiempo de pruebas. Es tiempo de revelaciones. 


Luana se dejará arrebatar por el fuego de la pasión. Pronto sabrá si es capaz de amar, también con el cuerpo. O si es culpable de seguir el llamado de la sangre.





© Pablo Martínez Burkett, 2014


Este es el vigésimo capítulo (y final de la primera parte) del folletín por entregas "EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA", que abre con el cuento del mismo nombre y que prosigue con (2) "Los ojos de Luana"; (3) “Tiempos mejores”; (4) “Frutos de la tierra nueva”; (5) "Fotos"; (6) "Venator"; (7) "Tu madre te ha dicho que no"; (8) "La otra plaga"; (9) "El inesperado John Gillan"; (10) "El color de la nieve"; (11) "Presagios de tempestad"; (12) "La perla de la noche"; (13) "Las llagas del Efecto Caldero"; (14) "Fait divers"; (15) "El sabor del futuro"; (16) "Un souvenir del infierno"; (17) "Primera sangre en Barrio Chino"; (18) "Los Hijos del Sol Negro"; (19) "La sombra de Madre"; (20) "La ordalía de John Gillan"; (21) “El día de la insensatez”; (22) "La estrella de la venganza"; (23) "El pérfido Doctor Wong"; (24) "El camino de la ira"; (25) "El dulce sabor de la sangre"; (26) "El destino de una mirada"; (27) "Gambito"; (28) "El llanto de Milena"; (29) "Un sordo clarín llamando a batalla"; (30) "Carte blanche" ; (31) "Sombra y fuego"; (32) "Una visita de cortesía"; (33) "Sobre el trono del dragón"; (34) "Un golpe de efecto"; (35) "Escarmiento"; (36) "El último concilio", (37) "Fiesta"; (38) "No es más que sangre" y (39) "El talismán".