jueves, 10 de abril de 2014

EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA (XXI): El día de la insensatez


No intentes saber nada más de mí ni de mi vida, pero ten confianza con todo tu amor.
Sheridan Le Fanu
Luana me pidió que la acompañara. Se habían citado con John Gillan. Estaban determinados a consumar su postergado amor. La cita era en el cementerio de automóviles de Staines-upon-Thames. Luana quería que hubiera un testigo imparcial que certificara que era posible la convivencia entre humanos y las Criaturas de la Oscuridad. Al principio me rehusé con vehemencia. Aunque no se lo dije, la sola idea de verla en brazos de otro, me daba nauseas. Pero por alguna intuición ajena al mundo sensible, lo mismo que me atormentaba me inducía un depravado deleite. Sin embargo, la fantasía de contemplarla gozando no me duró mucho porque aclaró que iban a estar ellos dos, solos. Así que, a regañadientes, fui.
John Gillan llegó en bicicleta. Imagino que tuvo tiempo suficiente para pensar. Seguramente, habrá estado no pocas veces a punto de arrepentirse, pero la idea de poseer a Luana tiene que haber sido más intensa que el temor de perecer. No descarto que haya repasado otros momentos de insensatez y que, el recuerdo de la prueba superada, haya logrado pacificar su espíritu.
Luana estaba esperándolo. Encaramada sobre una pila de autos, el viento le hacía flamear los faldones del capote y el cabello renegrido. Un ángel de la Muerte. He visto estampas de los tiempos antepasados. Era la imagen de un depredador con los sentidos aguzados por la presencia de su presa. Sacudió la cabellera, conjeturo que para sobreponerse al instinto, y se dejó caer hasta el camino. Quizás me equivoque, pero yo conozco esa mirada y si alguna vez había tenido miedo, esa vez era ésta. Estaba perdidamente enamorada de John. Mucho después, me confesó que hasta había pensado en dejar todo, olvidar sus obligaciones con la Hermandad de la Noche y vivir una vida tan normal como las circunstancias lo consintieran. Abdicar y ser otra.
John se bajó de la bicicleta sin saber bien qué decir. Sonrió, le dio la mano y el frío mortal de nuestra líder le atizó la duda. Fue un último instante de hesitación. Con renovada osadía, la atrajo contra sí y la besó. John creyó estar alucinando. Luana, con los ojos cerrados, pudo entrever un estado de dicha inconmensurable. Abrió la puerta de una Kombi Volkswagen pintarrajeada con símbolos de la paz en colores que alguna vez fueron vivos y lo ayudó a entrar. Dentro había un colchón y una frazada, todo un detalle. Se volvieron a besar, con urgencia, sin usura. John la estrechó contra su cuerpo. Luana sintió que los besos no la estaban dejando respirar y se abrió la blusa. Sus pequeñas flores en primavera quedaron al descubierto, alborozadas de saberse deseadas. John las tomó en sus manos, con una delicadeza única. La miró, buscando ratificar su consentimiento. Luego de allí ya no habría retorno. Luana acompañó el requerimiento desnudando su torso por completo. Y luego cerró la puerta.
Me costó encontrar un punto desde donde ver algo. Para entonces, Luana parecía en trance y con la cabeza echada hacia atrás, se abandonaba a la ardiente peregrinar de John lamiendo sus pechos. Un primer arresto extático la tomó por asalto. Fue tan intenso que, aún desde mi precario otero, pude comprobar cómo temblaba.
John, el torpe pero tierno John, dueño de una novedosa seguridad, siguió demorado con la piel de su vientre, mientras que con sus manos dibujaba el contorno de la cintura. El pantalón se le antojó un obstáculo inadmisible así que cambiando de posición, recostó a Luana y le removió la ropa. Con gracia increíble se arrodilló entre sus piernas. Luego, hizo profesión de fe en el altar de su carne.
Delicadamente fue libando de ella. Lo hacía con pericia y devoción. El muy bastardo no quiso hacerla durar, necesitaba saber que era suya, así, de esa manera. Luana empezó a quejarse, a jadear, a reír, a sollozar, a vibrar y explotó otra vez. Sin pausa, John se desvistió. Luana enlazó una pierna en su espalda y lo atrajo contra su cuerpo. Todas las veces que imaginó este momento, se había prometido ser paciente, disfrutar de cada instante. Pero deseaba ser poseída sin demora.
Dejó escapar un gozoso quejido cuando se sintió por fin penetrada. John la horadaba con incesante brío, el rostro descompuesto, el pecho alborozado. Luana estaba enardecida. Podía presentir que se formaba la ola de la más feliz tempestad y quiso llegar hasta la última consecuencia. Se encaramó sobre John. Lo cabalgó con redoblado frenesí. Gemía, bufaba, gruñía. Empezaron a sentir que eran uno. Aún desde mi cobarde escondrijo, podía sentir el corazón desbocado de John. Su eco era un tambor de guerra. El arrebato de Luana era bestial. Era salvaje. Y de repente, por el ecuador de sus cuerpos resplandeció un renovado equinoccio. Durante un rato, la rompiente de placer los sacudió con violencia. John apenas si podía respirar por el esfuerzo descomunal. Luana jadeando, enfocó los ojos. Se inclinó para besarlo. John gritó de felicidad.
No, esos gritos no eran de felicidad. John gritaba de dolor. Luana le había atravesado el cuello con una dentellada voraz. Con fanatismo, bebió de la yugular abierta. No creo que haya advertido que John languidecía en sus brazos hasta que ya fue tarde. Espero que el muchacho tampoco haya tenido mucho tiempo de comprender que moría en brazos de una enamorada incapaz de resistir el llamado ancestral.
El aullido de Luana me sacó del estupor. Me llamaba con desesperación. Suplicaba por ayuda. Trataba de detener el surtidor por donde se escapaba la vida de John. Le pedía que la perdone, que no se vaya. Cuando llegué hasta la Kombi, el pobre desgraciado convulsionaba en un charco de sangre, orina y heces. Luana estaba transfigurada. Los ojos eran dos brasas rojas. No podía estar más desnuda y sin embargo, la furia de sus ojos me impidió mirar otra cosa. Pensé que iba a matarme, ahí mismo. Para descargar su ira. Para ocultar su vergüenza. Para no dejar testigos de su bajeza.
Abrió la boca. Me preparé para lo peor. Y entonces lloró. Lloró con amargura. Con desolada resignación. Descolocado, sólo atiné a cubrirla y abrazarla. Si tenía que morir, pensé, que sea así, arrodillado junto a Luana. Sin embargo, se apoyó en mi hombro y dejó que le acariciara la cabeza, mientras intentaba darle consuelo con palabras que no sé de dónde saqué. Poco a poco se fue calmando. Se incorporó. El mechón rebelde se había vuelto totalmente blanco. Las facciones eran de metal y piedra. Se cubrió con el capote y echó a andar.
Luana comprendió que toda convivencia era imposible. Que siempre habría guerra entre la humanidad y los Hijos del Sol Negro. Yo comprendí que había atestiguado algo más que la muerte de un hombre. Era el nacimiento de una nueva era. La edad de la guerra total.

© Pablo Martínez Burkett, 2014