sábado, 17 de mayo de 2014

EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA (XXV): El dulce sabor de la sangre


Quizás el dolor había trastornado su mente.
Sheridan Le Fanu
Hundió los colmillos con frenesí. Lo sobresaltó el sonido seco, como a rama quebrada. El DCI Nakasawa sintió el líquido tibio llenando su boca. Se dejó embriagar por el aroma dulzón y levemente ferroso. Cataratas de sangre le rezumaban por los labios y barbilla y se despeñaban garganta abajo. Un éxtasis ardoroso aplacó todas sus dudas, sus viejos dolores. Nunca se sintió más vivo. Adivinó un rostro por encima del cuello que sajaba con arrebato. Entre la bruma, Luana sonreía condescendiente y divertida, como si le dijera: “Mira lo que estás haciendo”. Con esfuerzo arrancó los dientes de la carne y contempló a su presa. Era Ikito, su pequeña Ikito. Aulló de desesperación. Aulló de furia.
Así se despertó, aullando. Bañado en sudor, con el corazón que le saltaba del pecho. Y angustia, por la pesadilla que le había dejado gusto a sangre en la boca. El DCI Brian Nakasawa, un hombre que se jactaba de no haber llorado nunca, ni siquiera cuando la madre de Ikito murió, se descubrió sacudido por las lágrimas. Lloraba con desconsuelo. Lloraba sin esperanza. El sueño había sido demasiado real. El placer de la sangre en la boca, demasiado intenso. La soledad es un hueco llamando a la muerte.
Quizás así se haya sentido Keiko, su querida esposa. La que no soportó los días de soles pálidos. Los contornos pegoteados por una niebla gelatinosa. La madre de su hija se había entregado a una existencia mullida. Consumía barbitúricos como si fueran caramelos. Ikito fue criada por una impasible institutriz japonesa. Sedada y adormecida, Keiko apuró la dosis un atardecer que no toleró lo cotidiano teñido de ese lascivo anaranjado.
Atormentado por el mal sueño, se levantó a tomar un vaso de agua. El agua, detonante de la Primera Guerra de los Elementos. Brian Nakasawa fue capitán del III Regimiento de Caballería Motorizada, la contribución del País de Gales a la Coalición vencedora de la primera conflagración después del holocausto climático. Una temprana herida lo envío a la Policía Militar. Conoció otro tipo de espantos, más miserables, más cruentos. En el campo de batalla se puede esperar cualquier cosa. Los soldados matan y mueren, pero con más profesionalismo que pasión. Por el contrario, en una ciudad sitiada la bajeza humana no se ahorra énfasis alguno.
Cuando se acordó el armisticio, le resultó natural continuar chapaleando en el fango de la degradación y el crimen. Entró en la policía donde le conservaron su rango. Hizo una carrera excepcional. Y desde que era el Jefe de la División Roja de la New Scotland Yard, enfrentó el horror que vino de los Cárpatos. Esa peste imposible que le había arrebatado a su hija, convertida en vampiro por Luana, la princesa regente de las Criaturas de la Oscuridad.
Como el agua no lograba quitarle el sabor de la sangre, se sirvió un whisky. Se puso a revisar las últimas novedades. Los Hijos del Sol Negro estaban causando estragos otra vez. La pequeña Ikito había recompuesto su horda y después de asolar el Barrio Chino, había desaparecido. Sus informantes le aseguraban que con el auxilio de un médico renegado estaba perfeccionando un método para vengarse de Luana y extinguir a los vampiros. Aún para la retorcida mente de su hija era algo muy descabellado. Luana había caído en un pozo depresivo después de liquidar al pobre desgraciado que pagó con su vida la insensatez de un amor imposible. Sin embargo, la última matanza en una discoteca la tuvo por protagonista exclusiva. El DCI Nakasawa se había esperanzado con la posibilidad de una revolución y derrocamiento de Madre. 

Pero la celebración del reclamado Concilio había quedado pospuesta de manera indefinida. Para peor, el codicioso Huàn yǔ wūshī, el jefe de la mafia china, había suspendido inexplicablemente la provisión de los fusiles de haces ultravioletas, el arma que hasta ahora le había dado la única victoria en el asalto vampírico al University College London Hospital. Aunque ante la superioridad se lo disfrazó como una victoria, las bajas policiales fueron tantas que entre los uniformados hablaban de “la masacre del Hospital”. Y encima, Luana había salvado a Ikito de una segura muerte. Conforme el código de honor de sus ancestros, el DCI tenía una deuda de sangre con la más cruel asesina que alguna vez tuviera que enfrentar.

Esa que ahora poblaba sus sueños con pesadillas espantosas. Esa, que se divertía envenenándole la boca con el dulce sabor de la sangre.

© Pablo Martínez Burkett, 2014



Este es el vigésimo cuarto capítulo del folletín por entregas "EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA", que abre con el cuento del mismo nombre y que prosigue con (2) "Los ojos de Luana"; (3) “Tiempos mejores”; (4) “Frutos de la tierra nueva”; (5) "Fotos"; (6) "Venator"; (7) "Tu madre te ha dicho que no"; (8) "La otra plaga"; (9) "El inesperado John Gillan"; (10) "El color de la nieve"; (11) "Presagios de tempestad"; (12) "La perla de la noche"; (13) "Las llagas del Efecto Caldero"; (14) "Fait divers"; (15) "El sabor del futuro"; (16) "Un souvenir del infierno"; (17) "Primera sangre en Barrio Chino"; (18) "Los Hijos del Sol Negro"; (19) "La sombra de Madre"; (20) "La ordalía de John Gillan"; (21) “El día de la insensatez”; (22) "La estrella de la venganza"; (23) "El pérfido Doctor Wong" y (24) "El camino de la ira".