lunes, 25 de agosto de 2014

EL AUTOR INVITADO: BLANCA MIOSI


KATTY
Escuchar el sonido de los pajarillos que hacían de cada madrugada un evento familiar, no restaba el temor de encontrarse en un lugar extraño.  Levantarse todos los días cuando la penumbra aún no abandonaba el cielo y sentirse ajeno; ajeno en costumbres, extraño en despertares. ¡Cómo añoraba volverse en la cama y tocar el cuerpo tibio —y a veces demasiado caliente— de su mujer!, gorda ya, a los cincuenta, pero que él veía como cuando por primera vez le abrió la blusa y le subió el sostén porque estaba apurado, porque necesitaba, requería, deseaba, ver cómo eran los senos que lo obsesionaban, de los que sólo podía vislumbrar la punta de los pezones a través de la telas que actuaban como dos murallas infranqueables: la del dichoso sostén que, después se dio cuenta, no sostenía nada, porque sus pechos se alzaban con la misma gracia que dos cúpulas bizantinas;  y la de la blusa, siempre cerrada, como si las quisiera resguardar del avance enemigo. Sí, del avance enemigo como el que tarde o temprano habría de enfrentar en aquella guarnición remota.
Dos años destacado con un cuerpo de soldados en un rincón perdido, porque la paga era buena y le habían prometido una jubilación excelente. Donde la única mujer a la vista era la vieja que preparaba los sofritos aderezados con grasa de pollo, a la que él casi se había acostumbrado sin que su estómago se resintiera. La vieja con canas hasta en los bigotes que lo saludaba con un golpe en la mano de su cuchara de palo, enorme y renegrida de tantas malas lavadas, anticipándose a su próximo movimiento: ¡deje eso ahí! Gritaba con su voz gorgoreante, parecida a la de los escasos pajarillos que merodeaban por la colina, buscando quién sabe qué de un terreno yermo con sólo dos árboles vetustos.
Pero esa mañana el cucharón de Katty no salió al encuentro de su mano. La cocina estaba vacía. «La vieja no viene hoy ni mañana», le dijeron. Nadie supo dar más información.  Esa noche se revolvió en su colchón pensando en ella, en sus golpes, en su voz atiplada y chillona que parecía desbordarse cuando cantaba y que terminaba en los mentados gorgoritos de los que ella parecía enorgullecerse. No notó hasta el tercer día que de veras la extrañaba.  No a ella. No. Era la presencia de una mujer, aunque fuese vieja, porque las mujeres tenían su propio modo de hacer las cosas, porque los pasos de una mujer, porque los sonidos de las ollas hechos por una mujer, y los golpes dados por una mujer, no tenían nada que ver con los de un hombre. Y hasta ese momento la presencia de una mujer en el campamento había significado un lazo con todas las demás. Con la suya, la que cuando dormía a su lado a veces estaba tan caliente que golpeaba su espalda con los talones. La vieja Katty representaba todas las mujeres del mundo, y hacía una semana se había ido y él deseaba tenerla cerca, más que nunca,  más que cuando su mujer fue por una semana a casa de su madre. Pero pasaban los días y Katty no regresaba.
Una semana que no dormía y apenas probaba bocado de las latas que el reemplazo, un tipo flaco y escuálido, se afanaba en abrir como un experto. «Esta es comida saludable, libre de gérmenes». «Estas son albóndigas empacadas al vacío», «en estos lugares debemos cuidarnos...»  Más de uno lo mandó a la mierda. ¿A quién le importaba cuidarse en ese agujero?  Todos estaban de mal humor, el tipo flaco y escuálido se convirtió en blanco de los insultos que se daban a bocajarro.  Antes también se los lanzaban a Katty, pero era divertido. Lo hacían a escondidas o entre dientes, y preferían mil veces las porquerías que lograba condimentar la vieja, al antiséptico contenido de las latas. Todos la querían de regreso pero no lo manifestaban, se presentía en sus gestos, en las miradas a un horizonte plano, sin más árboles que los dos que hacían de quién sabe qué para los pájaros. Y quien esperaba con más ansiedad  era  él. Sentía que si la vieja Katty no regresaba moriría de mengua. La trataría mejor, haría cumplidos a su comida, le rogaría que gorgorease;  ¿por qué nadie decía nada? ¿Volvería algún día? Ya las noches no tenían la mansedumbre que precede a la mañana, cuando sabía lo que le esperaba en la cocina.  El canto de los pájaros le traía recuerdos de Katty,  de sus pasos arrastrando sus sandalias, tan maltratadas como ella, ¿quién era Katty? Por primera vez se hizo la pregunta. ¿De dónde venía?, ¿tendría marido?, ¿hijos?
Ese día, todos se pusieron de acuerdo sin haber hablado.  Tácitamente fueron llegando uno a uno al patio y exigieron una explicación: «¿Dónde estaba Katty?» «¡Queremos a Katty!»
«La señora Katty tuvo que ir a acompañar a su marido al hospital.  Está tardando en regresar porque él falleció hace dos días. Mañana vuelve»
Silencio absoluto. ¿Katty era una señora? Fue lo primero que le vino a la mente. Era obvio que sí.  Miró a los demás y en sus caras descubrió alegría, satisfacción por la respuesta.  Todos empezaron a gritar de felicidad. «¡Katty vuelve!» «¡Katty vuelve!», gritaban como locos, y él también lo hacía. ¿Dijeron que mañana?  Esa noche sería como las de antes. Casi un preludio amoroso, esperaría la fría madrugada y estaba seguro de que escucharía su horrible gorgoreo que esta vez sonaría a himno.
Mansamente extendió la mano cuando vio a Katty con la cuchara de palo. Ella lo miró con sus ojos como carbones y sonrió con tristeza. No le pegó. Bajó la mirada para ocultar las lágrimas que empezaban a asomar. Él entonces bajó la mano y se acercó a ella. La abrazó. Fuerte, como si quisiera traspasarle todos los abrazos de los hombres, y sintió en sus carnes flojas un cuerpo de mujer. Y Katty, la mujer, la madre, la hija, la esposa, la amante, la prostituta, la joven, la anciana,  con el gesto milenario de mujer, le acarició el cabello y lo acunó en sus brazos. De pronto, recobró la compostura, sólo por salvar su honor se alejó de él y le dio un golpe duro, más fuerte que nunca, con la cuchara de palo. Agradecido, él bajó la mirada y se fue con el corazón en su lugar. Sintió que todo era como debía ser.
© Blanca Miosi



BLANCA MIOSI


De madre peruana y padre japonés, nacida en Lima (Perú), Blanca Miosi vive desde hace tres décadas en Venezuela. Publicó su primera novela, El Pacto, en el 2004. Su segunda novela, La Búsqueda, (Roca Editorial) 2008, una obra basada en la vida de su esposo, superviviente de Auschwitz y Mauthaussen, tuvo una gran acogida internacional. Fue ganadora del Thriller Award en el 2007.

En 2009 publicó El Legado (Editorial Viceversa), un fascinante relato sobre una saga familiar basada en el personaje de Erik Hanussen, considerado durante muchos años el mejor vidente de Berlín y consejero personal del Adolf Hitler.

En el año 2011 publicó sus novelas La Búsqueda, El Legado, Dimitri Galunov y El Manuscrito 1. El secreto como autora independiente en amazon.com todas ella ocupan los primeros lugares del ranking de los más vendidos. 

Asistió como representante del Perú Asociación Mundial de Mujeres Periodistas y Escritoras (AMMPE) en Noviembre 2012, en esta ocasión en Taichung, Taiwán; en cuya ponencia habló acerca de la publicación digital y el uso de las redes sociales para beneficio del escritor.

Sus novelas publicadas son:
  • La búsqueda (Amazon) Digital y papel - Traducida al inglés y francés.
  • El legado, (Amazon)
  • Dimitri Galunov (Amazon)
  • El manuscrito 1 El secreto (B de Books, y Ediciones B) - Traducida al turco.
  • El manuscrito II El coleccionista
  • El cóndor de la pluma dorada (Amazon) Digital y papel
  • El piso de la calle Ryden (Amazon)
  • La última portada (B de Books Ediciones B)
  • El manuscrito II El coleccionista (Amazon)
  • El gigoló (Amazon)
  • ¿Quién era Brian White? (Amazon)

Asistió como representante del Perú Asociación Mundial de Mujeres Periodistas y Escritoras (AMMPE) en Noviembre 2012, en esta ocasión en Taichung, Taiwán; en cuya ponencia habló acerca de la publicación digital y el uso de las redes sociales para beneficio del escritor.





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