martes, 19 de agosto de 2014

EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA (XXXV): Escarmiento


Luego le cortaron la cabeza, y del cuello seccionado brotó un chorro de sangre.
Sheridan Le Fanu
Los guardias apostados en la puerta no advirtieron que en esa muchedumbre aleteaba la muerte. Mucho menos que como ellos, tendría ojos rasgados y piel amarilla. Unos pocos chinos recién convertidos fingían jugar frente a la reja principal entre risotadas y chistes obscenos. Cuando con indolencia, la seguridad salió a dispersarlos, las Criaturas de la Noche se dieron un festín. Mientras tanto, dentro de los jardines pasaba lo mismo y sombras feroces se descolgaban de techos y paredes. Todos los cerrojos y sistemas de seguridad fueron removidos uno a uno y pronto los defensores se vieron desbordados por el contingente de vampiros. Gente eficiente estos chinos: pilas de cuerpos desangrados jalonaban su paso. En no más de cinco minutos habíamos irrumpido en el antiguo castillo del Dr. Hsiao Mi.
El Dr. Hsiao Mi era un químico extraordinario, un profesor varias veces galardonado con premios internacionales, autor de libros imprescindibles en materia de genética avanzada. ¿Su especialidad? La réplica de ADN artificial. Tras el holocausto ambiental, la mayoría de seres vivos se habían extinguido o tenían alteraciones que impedían su reproducción. La supervivencia de la humanidad dependía de la urgente restauración del equilibrio. En todas partes se trabajaba para sintetizar las cadenas biológicas. El Dr. Hsiao Mi era el más exitoso y efectivo. De hecho, los animales arrasados por Ikito y su horda salvaje en el Genetic Research Institute eran fruto de su investigación. Pero también el Dr. Hsiao Mi era el verdadero cerebro detrás de las granadas con cera artificial y polvo de raíz de artemisa. Mientras el malogrado y no menos falso Dr. Wong distraía a la Pequeña con infinitas postergaciones y despistes, el genetista conseguía el elemento aglutinante capaz de engendrar las bombas que alteraban la circulación de la energía vital y convertían a los vampiros en una tea ardiente. Huàn yǔ wūshī, el jefe de la mafia china, lo había atraído a la senda del delito pagando fortunas incalculables. La fortaleza que ahora Luana rendía tras corto sitio era uno de los tantos beneficios que había obtenido al vender sus conocimientos al crimen organizado.
Después de la concienzuda carnicería de guardias y personal doméstico, sólo quedaban el propio doctor; su esposa, la gimnasta olímpica Chiao Mei y su hija de pocos años, la asustada Yen. A su alrededor, en un arco cerrado, aguardaban los serviles orientales con las fauces ensangrentadas. Luana se abrió paso. Detrás de ella pasamos Ikito y yo. Con palabra amable pero firme le hizo saber el propósito de nuestra visita:
1. Obtener el antídoto para las bombas de moxibustión;
2. Identificar el laboratorio donde se producían y
3. Dar un escarmiento.
Probablemente el químico sospechara este último objetivo porque estaba arrodillado, con los brazos por detrás y atado por los codos. Declaró que no existía antídoto y que desconocía la locación de la fábrica. Después, trató de negociar la vida de su esposa e hijita, que se abrazaban ateridas en un rincón. Luana pareció acceder. Se acercó a ambas mujeres, les tendió la mano. Pero repentinamente algo cambio y arrastró de los pelos a la deportista. La niñita empezó a llorar, gritando. La desdichada chillaba también. El hombre aullaba, lloraba, amenazaba, maldecía, imploraba. Luana situó a la mujer frente a su esposo, los chinos lo sostuvieron para que no perdiera detalle. El movimiento fue brutal como inesperado: la tomó por la cabeza y le hundió los dedos en los ojos hasta hacerle estallar el cerebro. La dejó caer como un muñeco de trapo. Con el ceño aún fruncido por el esfuerzo ordenó con la mirada a su pequeño ejército, que no dejó una gota de sangre en el guiñapo humano. El Dr. Hsiao Mi echaba espuma por la boca. La diminuta Yen había entrado en un estado catatónico. No puedo decir que la sangre y la violencia me resulten ajenas, pero nunca hasta ahora me había visto precisado a considerar mi posición frente a la tortura que una cosa es su discusión en abstracto y otra muy distinta, atestiguarla. Sin embargo, la dinámica de los hechos no me dio tiempo para seguir con tales disquisiciones.
Los esbirros asieron al Dr. Hsiao Mi por las extremidades y con despojada saña le clavaron bajo las uñas unas astillas de bambú previamente sumergidas en agua. Si el dolor de por sí tiene que ser intolerable, a medida que se hinchaban fue evidente que se tornó algo imposible de sobrellevar. El doctor se orinó en los pantalones y un vagido que quería ser un insulto le hacía globitos de espuma en la boca. Se desmayó. Pronto lo despertaron de mala manera.
Cuando fue capaz de entender, Luana le anunció que toda la generosidad que podía esperar de ella ya se había agotado con la muerte de su esposa, rápida y casi, enfatizó el casi, sin dolor. Que este suplicio inventado por sus ancestros lo experimentaba para anticipar en carne propia lo que iba a sufrir su hija. El Dr. Hsiao Mi alcanzó a enfocar a su pequeña, todavía rígida y absorta de espectáculo tan aterrador. Comprendió que las lealtades se resquebrajan muy pronto cuando se juegan otras cartas. Accedió a decir la verdad a cambio de una muerte incruenta para ambos. A mi vera, Ikito negaba con la cabeza.
Luana reiteró las preguntas pero con un tono que anunciaba impaciencia. Las respuestas fueron honestas. Efectivamente las granadas de cápsulas pegajosas no tenían antídoto. Una vez desatado el desbalance de la energía vital, los vampiros alcanzados por la moxibustión se convierten en una bola de fuego sin que nada pueda evitarlo. El Dr. Hsiao Mi se envalentonó con esta desigual victoria. De alguna manera sonrió mientras daba la locación precisa de la fábrica de las bombas, en medio del Barrio Chino, custodiada por la elite de las Triádas y los mejores elementos de la División Roja de la New Scotland Yard. El recuerdo de su padre, el DCI Nakasawa, enfureció aún más a una inquieta Ikito que musitó algo al oído a Luana. Si conozco a la Pequeña, debe haber reclamado para sí la matanza final. Luana volvió a ordenar con la mirada a sus secuaces. Con efectividad de hormigas, los chinos empezaron a vaciar la estancia hasta dejarla sin muebles. No quedó ni un papel en el piso.
El Dr. Hsiao Mi respiraba con dificultad mientras contemplaba atónito el vaciamiento de enseres y efectos. Ikito se acercó a la niña. Hizo un giro vertiginoso sobre sí misma, el brazo derecho extendido, lo mismo que el dedo meñique. Cuando volvimos a ver a Yen comprobamos que una línea roja le recorría todo el cuello. El tajo era profundo como para que brotara sangre pero insuficiente para provocar una muerte inmediata. La chiquilla recobró el sentido, abrió grande los ojos, la boca se le crispó en un grito silencioso y después se llevó las manos a la garganta, que se le tiñeron de rojo. Luana se aproximó al padre que agradeció morir así sin tener que presenciar el desenlace del tormento. Imparable, nombró todas las veces que había sido infiel, sus faltas como padre, las prolongadas ausencias laborales, la obsesión profesional, el enriquecimiento ilícito, todas las muertes que causó. Me impresionó mucho lo último que dijo: -Sé que cuando uno elige, tiene que afrontar las consecuencias de su elección. Sé que merezco morir.
Finalizado el discurso, la más excelsa de los Hijos del Sol Negro lo mordió con fuerza. Hubo un chasquido y el goloso borbotar de la sangre. Luana se hartó de sorber pero no lo mató sino que, en el último instante, lo convirtió en vampiro. Bien sé yo de la voracidad homicida que se apodera de un recién convertido. Es brutal, es abrumadora. Es irresistible.
¡Ay Luana y su amor por los detalles! Por eso los chinos sacaron todo de la habitación. Para que no quedara nada que le permitiera suicidarse antes que responder al llamado de la voraz ansiedad que le quemaba las venas. Nos fuimos y los dejamos encerrados, a los dos, padre con novedosa sed de sangre, hija con el cuello sajado. Pronto el más bestial de los escarmientos se habrá consumado.

© Pablo Martínez Burkett, 2014



Este es el trigésimo quinto capítulo del folletín por entregas "EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA", que abre con el cuento del mismo nombre y que prosigue con (2) "Los ojos de Luana"; (3) “Tiempos mejores”; (4) “Frutos de la tierra nueva”; (5) "Fotos"; (6) "Venator"; (7) "Tu madre te ha dicho que no"; (8) "La otra plaga"; (9) "El inesperado John Gillan"; (10) "El color de la nieve"; (11) "Presagios de tempestad"; (12) "La perla de la noche"; (13) "Las llagas del Efecto Caldero"; (14) "Fait divers"; (15) "El sabor del futuro"; (16) "Un souvenir del infierno"; (17) "Primera sangre en Barrio Chino"; (18) "Los Hijos del Sol Negro"; (19) "La sombra de Madre"; (20) "La ordalía de John Gillan"; (21) “El día de la insensatez”; (22) "La estrella de la venganza"; (23) "El pérfido Doctor Wong"; (24) "El camino de la ira"; (25) "El dulce sabor de la sangre"; (26) "El destino de una mirada"; (27) "Gambito"; (28) "El llanto de Milena"; (29) "Un sordo clarín llamando a batalla"; (30) "Carte blanche" ; (31) "Sombra y fuego"; (32) "Una visita de cortesía"; (33) "Sobre el trono del dragón" y (34) "Un golpe de efecto".
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