viernes, 30 de enero de 2015

EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA (XXXIX): El talismán

Diseño exclusivo de Javier Martínez Burkett para EL RETORNO DE LA CRISALIDA

EL TALISMAN
La gente muere por doquier, pero yo tengo un talismán que no falla.
Sheridan Le Fanu


El niño ya ni se movía. Se había abrazado a su muñequito y se dejaba hostigar sin oponer resistencia. Los Bloody Sunset reían desaforados en su borrachera de sangre y lo vapuleaban con salvajismo. Demandaban un poco de combatividad en el pequeño para coronar el carnaval homicida. Pero el pobre inocente apenas si gemía.

Si bien la orden de Luana era causar terror mientras se organizaba la batalla final esto era demasiado. No había honor en cazar un niño indefenso sin otro propósito que rematar una fechoría macabra. Era más que demasiado. En general, no soy de usar las facultades superlativas que conlleva la condición de vampiro pero en un soplo estuve en medio de los energúmenos. 

Mi irrupción los tomó por sorpresa y con igual velocidad me rodearon para atacar. Sospecho que estaban tan enardecidos por la matanza que fueron incapaces de percibirme como un hermano o ya no les importó. Dejé llegar la exhibición de garras y colmillos hasta el instante previo al asalto y con alguna teatralidad, lo admito, elevé bastón con el talismán y se los enrostré. Eran jóvenes, estaban con los sentidos embotados por la sangre, pero la reputación del medallón los sosegó de inmediato. Previsiblemente, cesaron todo intento de agresión y con temor mostraron sus cuellos, la más excelsa señal de sumisión entre las Criaturas de la Oscuridad.

Con no poco desdén les hice seña para que se esfumaran y ayudé al pequeño a levantarse. Me enterneció su manito entre mis dedos gélidos. Traté de darle contención con palabra amable pero comprendí que para él, yo también era una bestia. Lo miré alejarse hasta casi el final de la cuadra y me desentendí. Era tiempo de detener la carnicería y para ello, lo único que tenía que hacer era esperar.

En efecto, al poco rato se hizo presente el pater familiae de los Bloody Sunset. No fue de lo más amable. Era un jefe de Clan y yo era nadie, ni siquiera era un antiguo. La disparidad de poderes presagiaba una catástrofe. Pero al ver el talismán hizo un gesto sorpresa y me miró tratando de captar si era algún tipo de embuste. Este jovencísimo pater era quien en el Consiliul había nominado a Luana como comandante suprema. No podía ignorar que disponer de la medalla era parte de los poderes conferidos en forma extraordinaria. Y que si yo la tenía conmigo era porque me había instituido en su nuncio plenipotenciario.

El talismán es una pieza de metal negro, pesado, de forma oval. Dicen que su orfebrería es oriunda de las fraguas del Infierno. Dicen que esta es la quinta versión. Dicen que la primera de todas fue labrada en un idioma ininteligible, el idioma de los Nephilim, que luego fue sumerio, que luego fue egipcio, que luego fue latín y que finalmente, fue rumano. En la cúspide tiene una representación del sol negro, con rayos afilados. Desde la eternidad, los vampiros se llamaban a sí mismos los Copii de Soarele Negru, los Hijos del Sol Negro. Luego vinieron los nazis y se apropiaron de la simbología. Pero el talismán está coronado por el sol que no alumbra. De afuera para adentro, tiene una primera sección finalmente repujada. Una segunda, de oscura iridiscencia y a continuación, lo abraza una leyenda en lengua antigua: “prin sângele de la viață a la moarte / prin sângele de la moarte a la viață”, esto es, por la sangre de la vida a la muerte, por la sangre de la muerte a la vida, separadas por sendas calaveras. Y en el medio, colgando cabeza abajo de la rama de un árbol, la crisálida de un vampiro. 

Toda la historia, todo el poder resumido en este símbolo, atributo exclusivo del Tatăl, el padre de las Criaturas de la Oscuridad. El talismán usualmente está guardado en algún lugar secreto. Cuando Madre y Luana entraron desde el continente dentro de los ataúdes militares, Madre lo trajo escondido entre sus ropas. En las grandes ocasiones y ceremonias, se encastra en la custodia que remata un cayado ritual que lleva el Tatăl. Desde hace muchos años, Mater. Por imperio del Concilio, Luana. Y hoy, yo, su legado.

Sexton, el joven pater de los Bloody Sunset, se sometió al símbolo venerado y acató mis órdenes. Cerró los ojos y entró en contacto con toda su horda. Cesaron los ataques, finalizó el horror. La desolada Cheshire se hizo más taciturna aún. Poco a poco, los vampiros se fueron congregando en derredor. Las bocas les rezumaban sangre. Se los advertía todavía con los sentidos encendidos por la emoción de la caza. También llegaron mis conocidos, los acosadores del pequeño con el muñequito. Me miraron provocadores. Hubo un movimiento y algo voló por el aire. Un golpe seco conmovió el silencio. 

Despatarrado en el piso quedó el niño. Bajo el farol, su lividez enfatizaba la tragedia. Pobres miserables, no me retaban a mí, mero embajador, desafiaban el poder del talismán. Desafiaban a la Hermandad de la Noche. 

Es probable que haya rugido. Pero la furia no me dejó percibir otra cosa. Extendí el cayado y giré como un trompo a una velocidad pasmosa. Por un instante, pareció que nada había sucedido. Pero una a una, las cabezas de los sediciosos fueron rodando, hasta adornar el cuerpo sin vida del niñito torturado. Habían desconocido el signo último de nuestra esencia. Y eso se paga con la muerte. Me volví hacia Sexton, dispuesto a proseguir con el afilado trazo del sol negro. Pero no hizo falta. No me exhibió el cuello, pero tampoco transparentó emoción alguna por la pérdida de los suyos. Es probable que me hubiera ganado un enemigo de temer. Pero las tradiciones están para ser observadas y estos insolentes habían ignorado la más sagrada de todas: el talismán de la crisálida.

Había cumplido mi cometido. Cheshire estaba en paz. Era tiempo de volver. La batalla final estaba cada vez más cerca.



© Pablo Martínez Burkett, 2015

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