jueves, 2 de enero de 2014

EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA (XIII): Las llagas del Efecto Caldero


Me senté, mirando aquel paisaje rico en bosques, refulgente con la luz majestuosa y melancólica que a cada momento disminuía más.
Sheridan Le Fanú
La mayoría de las mudanzas suceden en nuestra total inadvertencia. O indolencia, que para el caso es lo mismo. Décadas entregadas a la desidia de ciudadanos poco amigos de resignar confort, sumadas a la mezquindad de gobiernos enzarzados en negociaciones condenadas al fracaso, nos fueron cocinando al vapor pestilente de la contaminación. La olla del holocausto ambiental se cocía a fuego lento pero todos estaban más preocupados por lograr el desarme nuclear, contener el terrorismo, jugar a las inversiones inmobiliarias o evitar el Y2K.
Si ha de fijarse un comienzo, un momento donde el proceso furtivo se volvió evidente, la fecha quizás sea hacia finales del Siglo XX. El progresivo calentamiento de las aguas del Océano Pacífico engendró el fenómeno climático llamado (no sin gracia) El Niño. Los patrones meteorológicos cambiaron para siempre. El estrago que dejó a su paso fue más devastador que todas las bombas atómicas soterradas en aburridos silos. Los huracanes cobraron un vigor homicida. Los titulares bautizaban cada destrucción como la más fuerte de la que se tenga memoria. Memoria circunstancial esta, porque el próximo desastre reducía el anterior a dimensiones liliputienses. El Niño tuvo su Niña y la miseria se volvió cotidiana. Los ciclos se hicieron más cortos y la devastación continua.
Se adicionaron escalas, se cambiaron nomenclaturas pero ya no hubo manera de llamar a cada episodio de sequía, inundaciones, diluvios y plagas bíblicas. Los muertos empezaron a contarse por miles, ahogados por deslizamiento de lodo, descuartizados por escombros, sepultados por la nieve. Pronto serían millones. Huracanes y ciclones se manifestaron en regiones insólitas. Los incendios forestales cercaron las ciudades, el humo las tornó irrespirables. Los millones de árboles arrancados por las sucesivas tempestades se unieron al estropicio de la tala indiscriminada. La migración de bestias e insectos fue desesperada y la furia de la Naturaleza fue por demás de democrática. El azote se derramó por igual en regiones pobrísimas pero también, en el corazón de la riqueza. El rigor de los inviernos y el calor criminal de los veranos ya casi no dejaban vivir. La mortandad animal esparció un magma hediondo.
Las obras de reconstrucción se rezagaban del nivel de daños y las torres de tendido eléctrico quedaban retorcidas sobre el yermo, las vías de ferrocarril, arrancadas de cuajo; los puentes y carreteras, una sucesión de elocuentes agujeros. Los hielos polares se derritieron y un mar ardiente inundó las costas y deltas fluviales. Las defensas costeras fueron insuficientes y el carnaval de cadáveres flotando en ríos desmadrados ya no asombró a nadie. Ni los sobrevivientes clamando por ayuda sobre los techos ni los refugiados apiñados como animalitos asustados. El éxodo de víctimas se volvió permanente y con el trasegar humano, las epidemias e infecciones se hicieron corrientes. El agujero de ozono se expandió y uno se topaba con gentes llagadas como muertos ambulantes. La salud pública colapsó. La mayoría de las tierras de cultivo y las planicies aptas para el ganado dejaron de producir y tampoco hubo quien las trabaje. El hambre reclamó su cuota.
El fin estaba próximo pero una parte de la humanidad, sin embargo, se aburría frente a las pantallas de televisores, ordenadores y teléfonos que todavía funcionaban, como si la tragedia fuera de los otros.
Las emisiones nocivas aumentaron a un ritmo enloquecedor. Cuando fracasó el bombardeo atmosférico con gases benéficos, el efecto invernadero se renombró como “El Efecto Caldero”. El calentamiento global fue imparable y un día, un día, el sol se oscureció y ya fue imposible distinguir la noche de la vigilia. Todo adquirió el contorno de una niebla tornasolada. Se abandonaron muchas ciudades y reinaron los fantasmas.
Era un ámbito inmejorable para los predadores nocturnos. No obstante, las Criaturas de la Oscuridad decidieron reducirse a moradas subterráneas. Ya volverían cuando amainara este apocalipsis temprano. O serían los únicos sobrevivientes, porque entonces se desataron las guerras. Por un pedazo de tierra seca, por el resto de los combustibles fósiles, por el uranio, por las reservas de agua. La historia las conocería genéricamente como “La Guerra de los Elementos”. Pero esa es otra historia.
© Pablo Martínez Burkett, 2014