martes, 15 de julio de 2014

EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA (XXXII): Una visita de cortesía


Todas sus energías parecían empeñadas en luchar contra aquel ataque.
Sheridan Le Fanu


El cínico Huàn yǔ wūshī pronto se anotició del trágico fin de su esbirro. La muerte del Dr. Wong lo afectó pero por razones estratégicas. No se había encaramado como jefe de la mafia china por sus buenos sentimientos. Además, siempre supo que el falso médico ambicionaba destronarlo. Esa fue, quizás, la principal razón para enviarlo a ayudar a Ikito. Que lo terminara matando era una posibilidad y un alivio. Pero su instinto de vieja serpiente le anticipaba peligro. La pequeña rebelde no se iba a quedar quieta. Vendría por sangre. Y como no se llega a comandar a las Tríadas por confiado, preventivamente mandó a reforzar las guardias y armó a todos con fusiles de haces de luz ultravioleta. 


También era el momento justo para probar el arma secreta: granadas con cápsulas pegajosas de cera artificial cargadas con polvo de raíz de artemisa. Ya se había comprobado que la moxibustión tenía el extraordinario efecto de atacar el flujo sanguíneo de los vampiros, trastornando la circulación del chi, la energía vital, hasta convertirlos en una tea ardiente.


Y como ninguna precaución era suficiente, se guareció en la sala del trono. Elevó la mirada para cerciorarse de que sobre el biombo escalonado de siete hojas estaba el dintel aquel con la frase que le daba su nombre: “Yo no espero que llueva, yo hago llover”. En este caso, hacer llover era rodearse de su guardia personal.


Ikito estaba determinada a matar al Rainmaker. Por unos días, había desenfocado su odio por Luana. Además, quería apropiarse del arma secreta. Demasiado tiempo se había entretenido con los embustes del Dr. Wong. Sería entonces un doble golpe. Y finalmente podría perpetrar su venganza contra la Regente de la Hermandad de la Noche. Pero aunque era una niña no era ingenua. Sabía que la estarían esperando así que salió con su renovada horda y Cujo, su javato convertido, a asolar las poblaciones vecinas. Villas enteras se vieron convertidas en vampiros. Cuando consideró que tenía a su favor la fuerza de una chusma sedienta preparó el ataque. Pero era una copia subalterna de Luana y carecía del don de la estrategia. Simplemente confiaba en la superioridad numérica para distraer al enemigo y forzar la entrada. 


Pese a todos los recaudos, los vampiros llegaron por sorpresa. La noche es el reino de las Criaturas de la Oscuridad. Se descolgaron de techos y galerías. Silenciosos. Mortales. Una muchedumbre empujó a los chinos, incapaces siquiera de gatillar sus armas ultravioletas. Los pocos que atinaron a defenderse pronto fueron arrebatados por la furia homicida. Por cada esbirro derribado había una vorágine feroz que se cebaba en la carne desgarrada. El olor a sangre inundó el aire que se volvió irrespirable. La victoria se presentía. Ikito redobló las oleadas de atacantes enardecidos y se preparó para irrumpir en el salón del trono con su horda y el jabalí, que ya olisqueaba codicioso.


Ajenos por el fragor del combate, no advirtieron que en una ventana superior se emplazaba una suerte de bazuca. El primer disparo no se hizo esperar. Ni tenían que apuntar. Los proyectiles hacían una corta parábola y explotaban derramando las cápsulas con el finísimo polvo dorado. La noche se llenó de llamaradas. Los vampiros comenzaron a arder. Los chillidos fueron estremecedores. El polvo de artemisa se les adhería al cuerpo y en un instante los carbonizaba. Ahora el olor era a carne requemada. Los pocos chinos remanentes rehicieron sus posiciones y contraatacaron. Los haces de luz ultravioleta tiñeron la penumbra. 


La pequeña Ikito comprendió que no le quedaban muchas chances y envió a su horda a destruir la amenaza. Esa pequeña batalla fue áspera. Los orientales estaban recubiertos con una armadura de kevlar y no ofrecían resquicio para el mordisco. Pero aunque eran relativamente livianas, las defensas les dificultaban el movimiento. Y si un vampiro posee fuerza sobrehumana, un vampiro enojado es imbatible. Asaltaron a los artilleros como hormigas enardecidas. Uno por cada brazo, otro a la cabeza. Con simplicidad criminal apoyaban un pie en la espalda y tiraban para atrás, hasta descoyuntar los hombros, hasta quebrar el cuello. El último en resistir disparó la última ampolla de artemisa. El recorrido fue muy corto y la explosión acotada. Pero suficiente para incinerar a la mayoría de los Hijos del Sol Negro. Pero no pudo disfrutar mucho, el crujido de su espina dorsal le silenció la sonrisa.


Aprovechando el desconcierto de atacantes y defensores, Ikito irrumpió en el salón del trono. Un solitario Rainmaker la aguardaba con sufrida resignación.
© Pablo Martínez Burkett, 2014

Este es el trigésimo primer capítulo del folletín por entregas "EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA", que abre con el cuento del mismo nombre y que prosigue con (2) "Los ojos de Luana"; (3) “Tiempos mejores”; (4) “Frutos de la tierra nueva”; (5) "Fotos"; (6) "Venator"; (7) "Tu madre te ha dicho que no"; (8) "La otra plaga"; (9) "El inesperado John Gillan"; (10) "El color de la nieve"; (11) "Presagios de tempestad"; (12) "La perla de la noche"; (13) "Las llagas del Efecto Caldero"; (14) "Fait divers"; (15) "El sabor del futuro"; (16) "Un souvenir del infierno"; (17) "Primera sangre en Barrio Chino"; (18) "Los Hijos del Sol Negro"; (19) "La sombra de Madre"; (20) "La ordalía de John Gillan"; (21) “El día de la insensatez”; (22) "La estrella de la venganza"; (23) "El pérfido Doctor Wong"; (24) "El camino de la ira"; (25) "El dulce sabor de la sangre"; (26) "El destino de una mirada"; (27) "Gambito"; (28) "El llanto de Milena"; (29) "Un sordo clarín llamando a batalla"; (30) "Carte blanche" ; (31) "Sombra y fuego"; (32) "Una visita de cortesía"; (33) "Sobre el trono del dragón"; (34) "Un golpe de efecto"; (35) "Escarmiento"; (36) "El último concilio", (37) "Fiesta"; (38) "No es más que sangre" y (39) "El talismán".