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miércoles, 17 de abril de 2013

"Piensa en mí", apertura dedicada a Chavela Vargas






¿Qué tan sola puede ser la soledad? Sentado en un bar, dejo que la vida se escurra por el ventanal. Miro a la gente pasar. Buenos Aires ya no es la de antes. Casi no me reconozco en éstos que ni se miran, que van hablando en aparatos cada vez más diminutos; o aún peor, escuchando como zombies música o vaya a saber qué. Gente que ama, sufre y ríe. Vuelvo a recordar cómo nos conocimos con Eva.
Fue a principio de los noventa. En un cine de Lavalle. Estrenaban una de Almodóvar: “Tacones lejanos”, la de Miguel Bosé, Victoria Abril y una inmensa Marisa Paredes. Por un venturoso azar, nos extraviamos del grupo de amigos con el que habíamos ido y terminamos los dos en Las Cuartetas. La película y la cerveza fueron cómplices para abandonar las trivialidades y ahondar en revelaciones. Eva estaba fascinada con la versión de “Piensa en mí” que se cantaba en la peli. De cualquier forma, insistía con que la “original” de Chavela Vargas era infinitamente superior. Yo tenía poco idea de lo que estaba hablando, pero me daba lo mismo que fuera de cine, música o física cuántica. Hipnotizado, la oía hablar mientras seguía el vuelo de sus manos. Hablaba con las manos, o quizás ejecutaba algún hechizo. No lo voy a negar, ya no. Fue amor a primera vista. Efectúo un repaso autobiográfico, usando las estrofas de esa canción. De repente, me asaltó una tremenda angustia. Era imposible que una chica así estuviera sola. Como leyendo mis pensamientos, me contó que salía con un músico, bastante mayor. Un imbécil que cuando estaba sobrio la maltrataba y que cuando se le iba la mano con la bebida, la fajaba. Estuvimos hasta que nos echaron. La acompañé hasta la puerta de su edificio. Estaba determinado a no besarla, sabía que esa asesina serial de la seducción me iba a lastimar. Pero un instante antes de marcharme, fue ella la que me besó. Mientras cerraba la puerta, me susurró: “Piensa en mí”. Supe que en esa mujer estaba mi destino.
Después de aquella vez, una cosa u otra, hizo que casi no nos viéramos. Pero bastaron unas pocas noches furtivas, para que terminara de robarme el corazón. Recuerdo que a la madrugada se le daba por levantarse envuelta en la sábana y cocinar fideos con manteca. Invariablemente canturreaba “Piensa en mí”. Comíamos en la cama, donde nos sorprendía el sol. Los años por seguir nos fueron convirtiendo en unos perfectos cínicos. Esta ciudad te endurece. Cada cual seguía con su vida, añorando poder escapar al cepo existencial. Un día, como el ventarrón que siempre fue, me pidió que nos juntáramos a tomar un café. Estaba muy flaca. Sin anestesia, me avisó que se iba a vivir a México. “Sos lo mejor que me pasó en la vida –me dijo, con un amague de sonrisa- pero yo no sirvo para esposa de nadie, menos de vos”, me dijo. Y se marchó.
Fue en el mismo antro en el que estoy ahora mirando por el ventanal. La gente pasa y no lo sabe. Me repaso los labios. Aún llevo la ceniza que me dejó aquel primer beso. Ayer lo leí en el diario. Un recuadro chiquito, informaba con impersonal asepsia sobre la muerte de dos argentinos en México. Un accidente de tránsito. Era Eva y el pelafustán ese. Nunca se animó a decirme que se iba con él. Y yo, que ni siquiera lloré en el entierro de mi madre, me he pasado la noche llorando, sentado en un sillón, con la luz apagada, mientras pasaba una y otra vez: “Piensa en mí”.
En un día como hoy, pero de 1919, nacía Isabel Vargas Lizano, mejor conocida como Chavela Vargas. Aunque originaria de Costa Rica, fue la mayor exponente de la “ranchera”, género musical mexicano, país que adoptó como propio. Sus interpretaciones eran de una desgarradora exquisitez. Ya mayor, triunfó en España y Francia, gracias a la difusión que le dio Pedro Almodóvar en sus películas. Su último disco, lo grabó a la edad de 93 años, poco tiempo antes de morir.
© Pablo Martínez Burkett, 2013

miércoles, 10 de abril de 2013

"Un barbero de manos temblorosas", apertura sobre Miguel de Molina








Durante años, tuve la fantasía de hacerme afeitar a la navaja. Supongo que el berretín me quedó de tanto ver películas de cowboys. Cosas de chico que siguen ahí, incluso cuando uno se hace grande. El caso es que un sábado, que andaba de cacería libresca por la Avenida de Mayo, me topé con un prometedor: “se afeita a la navaja”. El cilindro giratorio, rojo y blanco, era una invitación a viajar a la historia. Entré a la peluquería como preso de un hechizo. Los sillones eran blancos y verdes. En las vitrinas había frascos antiguos, de color caramelo. La “bocha” de los fomentos, coronada por un águila rampante, era increíble. En el aire había olor a eucalipto.

Un viejito estaba de espaldas asentando la navaja en una correa de cuero, mientras un cliente, con la cara enjabonada y los ojos cerrados, aguardaba la celebración del rito. Cuando el barbero sintió la campanilla de la puerta, me relojeó desde el espejo y con acento castizo, me dijo: “Enseguida lo atiendo, joven”. Me senté a esperar, admirando los detalles. El local estaba atestado de cuadros con fotos, carteles de cine y teatro. Hasta donde pude ver, eran sobre alguna cosa de flamenco. Finalmente, llegó mi turno.

Mientras me aplicaba unas compresas húmedas y calientes para “abrir los poros”, don Calixto, que así se llamaba, se encargó que aclararme que no era gallego sino de Málaga. Que en la Guerra Civil española se había batido del lado republicano. Después, me pasó la brocha con un jabón aromático: las manos temblorosas en la navaja, me hicieron dudar pero con movimiento experto fue dando cuenta de mi barba. Al mismo tiempo, emprendió un monólogo que sin dudas había repetido infinitas veces. Empezó a señalar las fotos. Todas pertenecían al cantor Miguel de Molina. Que esa de allí, está con el jopito bajo el sombrero y las camisas estrafalarias; que en esta acá, está saludando en el Teatro Avenida; que en aquella de allá, está recibiendo la Orden de Isabel La Católica. Juraba que eran del mismo pueblo, que habían crecido juntos. Que mientras él aprendía el oficio de barbero, “Miguelillo” hacía los mandados en un burdel. Como si fuera el mejor de los secretos, bajo la voz para revelarme que ya por entonces al chavalillo no le interesaban las mujeres. Y prosiguió, imparable. Que lo había visto debutar con El amor brujo, de don Manuel de Falla. Que por esas cosas de la vida, se fueron encontrando en Madrid y en Valencia, donde Miguel se labró gran fama como coplista, con éxitos como “Ojos Verdes, “La bien pagá”, “Te lo juro yo” o “Triniá”. Previsiblemente, me canturreó un poco de cada una. Que lo había socorrido cuando tres matones lo dejaron casi muerto de tanto pegarle por republicano y “mariquita”. Que se vinieron juntos a la Argentina. Que nunca entendió su retiro, tan temprano. Que lo afeitaba siempre, en este mismo sillón donde yo estaba sentado. Me contó tantas cosas más, que ahora, no puedo recordar.

Me puso agua de colonia y sonrió satisfecho. “Lisito como culo de bebé”, festejó con acento andaluz. “Así me decía siempre Miguel”, me dijo y repentinamente, se llamó al silencio, absorto vaya a saber en qué recuerdo. Le pagué y me fui. No sólo que había cumplido mi fantasía de niño: sin querer, me había sumergido en un pedazo de la historia de España, guiado por las manos temblorosas de un barbero.
En un día como hoy, pero de 1908, nacía en Málaga, Miguel de Molina, cantante que en su tiempo fue el artista de variedades más famoso de toda España. Por sus simpatías con el bando republicano y su orientación sexual, fue perseguido, golpeado y torturado por el régimen franquista. Era amigo de las cantaoras Pastora Imperio y Antonia Mercé "La Argentina", los poetas Federico García Lorca y Jacinto Benvavente, el torero Manolete y la propia Evita. La película “Las cosas del querer” está basada en su vida. Se exilió en la Argentina, México, Nueva York y nuevamente la Argentina, donde murió.
© Pablo Martínez Burkett, 2013

miércoles, 3 de abril de 2013

"Todos los rostros, un rostro", apertura dedicada a Marlon Brando






Si yo omito el nombre pero digo “Un tranvía llamado deseo”, los que andan por la tercera juventud quizás recuerden la cinta del muchachito rubio, camiseta sudada, que a grito pelado llamaba a Stella. Y si es de esa generación y no vio la peli, tal vez se acuerde del mexicano de “Viva Zapata”; de Marco Antonio en “Julio César”, de la mafia sindical de “Nido de Ratas”, del motoquero rebelde de “Salvaje” o del insubordinado segundo oficial de “Motín a bordo”. Si ya sabe de quién hablo, ¡shhhh! no diga nada.
Porque los que pintan canas, seguramente traerán a la memoria a “El último tango en París”, sea porque se cruzaron hasta el Uruguay para eludir la prohibición, por los desnudos frontales de la malograda María Schneider o por la escena de la manteca. Y hoy, que ya no posee el erotismo que exudaba en su hora y que hasta la pasan en la tele, resulta incomprensible la censura. ¿Lo tiene en la punta de la lengua, no?
Y los amantes del cine bélico, lo recordarán por “Apocalipsis Now” y el inmenso Coronel Kurtz, un oficial de alto rango que en la guerra de Vietnam, se pasa a la clandestinidad y se deja adorar como un dios. El rostro en la semioscuridad, los ojos entrecerrados, la voz nasal narrando la capacidad del hombre para engendrar el horror, son una lección de algo más que actuación. ¿Ya se acordó? ¡Si era facilísimo!
Pero si de desempeño memorable se trata, todos recordarán a Don Corleone de “El Padrino”, el capo que preserva los valores familiares con el mismo empeño que ajusta cuentas con un clan rival. Un caballero, un rufián, un padre de familia, un jefe del crimen organizado. Un actor colosal mostrando las dos personalidades que conviven en un mismo sujeto. ¡Ya está! Ahora no hay dudas de quién se trata.
Pero aguarde, es posible que a los más jóvenes les haga falta una ayudita extra, porque cuando mucho, el nombre les resulte vagamente familiar. Y así, algún amante de los comics dirá que era Jor-El, el padre del “Superman” de Christopher Reeve. Una chica romántica, lo evocará como el psiquiatra casi jubilado que atiende al Johnny Depp que se cree “Don Juan de Marco”. El apasionado por la ciencia ficción, lo tendrá por el bodrio “La isla del Dr. Moreau”, donde interpreta al médico desequilibrado que experimenta con animales y a quien acompaña una suerte de “Mini-me”, que no es sino Nelson, el hombre más pequeño del mundo que solía presentar Susana en su programa.
Sí, no importa la edad, seguro que la adivinanza no duró mucho. Resuena en su mente esa forma tan particular de fraseo, esa manera de manejar los silencios. Y advierte que son tantas las caras, tantos los personajes, que el hombre se borronea en los contornos del mito. Y ya lo tiene, con nombre y apellido. Sí, ese actor, maestro de actores.
En un día como hoy, pero de 1924, nacía en Nebraska, Marlon Brando. Una leyenda del cine, que fue nominado al Oscar en ocho oportunidades y que lo ganó en dos. Un ícono cultural que más allá de los arrebatos, el mal humor y la actitud provocadora, también alzó su voz para defender los derechos civiles de las minorías. Un grande como pocos.
© Pablo Martínez Burkett, 2013

lunes, 17 de diciembre de 2012

"No me pongo más de novio con una loquibambi así", apertura dedicada a Mila Jovovich






NO ME PONGO MÁS DE NOVIO CON UNA LOQUIBAMBI ASÍ




Apelo a la benevolencia del público. Necesito ayuda. Mi novia está mal. Muy mal. Cuando la conocí, enseguida me enamoré de ella. Estaba más buena que comer el pollo con la mano. Eso sí, un poquito rara, tengo que admitirlo. Y no tanto porque se creyera extraterrestre sino porque se autoproclamaba como el ser perfecto. Bueno, un poco perfecta era. No tenía ojos sino dos carozos azules que avergonzaban al cielo. Y un físico, que sin ser exuberante, cortaba el aliento. Mis amigos no lograban explicarse cómo semejante diosa me había dado bolilla. Pero uno tiene lo suyo, ¡qué embromar! Lo que pasa es que a veces se le trastornaba el balero. En esa época que todo empezó, usaba de vestido unas vendas que apenas si la tapaban y se le había dado por hablar un idioma anómalo mezcla de delfín con chimpancé.



Y si es por hablar… pensé que era el acabóse cuando se le dio por afirmar que hablaba con Dios. Sí, con Dios, como lo escucha. Se cortó el pelo como un cepillo y si no la detengo, pretendía andar todo el día de armadura proclamando no sé qué guerra santa. Diga que uno la quiere, que si no….


Y después, bueno, ya mordimos la banquina. Un día arrancó con que un experimento secreto se salió de las manos, que era una epidemia global, que una turba de zombis hambrientos venía por toda la humanidad. Ningún esfuerzo por calmarla surtió efecto. Cada vez estaba peor. Todo era culpa de una corporación todopoderosa, maligna como ninguna otra, capaz de las peores villanías. Y que encima, mandaba comandos para atraparla, sacarle sangre y obtener el antivirus contra la plaga. No había forma de razonar. Estaba paranoica a más no poder. Y dale que va con las mutaciones de pelo y ropa. Pero esta vez no le alcanzó con disfrazarse. No sé de dónde sacó dos cuchillos de gurkha... ¡Cuándo mi madre la vio así!... No paraba de quemarme la cabeza: ¡esa chica no te conviene, te va a arrastrar a su locura!


Por un tiempo nos separamos. No podíamos seguir. Pero cuando la ví, sensual, extravagantemente bella, me volví a enamorar. Trabajaba como asistente de un diseñador de modas un poco exótico. Hasta que me di cuenta que nada había cambiado, que era la mala de siempre, disfrutando de las fechorías que cometía a un grupo de modelos masculinos, tontos como un zapallo.



Le hablé con palabra amable pero firme. Me prometió que iba a intentar controlar su problemita de personalidad múltiple. Iluso  de mí que le creí. Al comienzo fue prometedor, regresó a su profesión de psicoterapeuta. Me pareció un poquito extremo que quisiera ejercer en Alaska pero no le dije nada, todo sea por volver a estar juntos. Se dedicaba a pacientes con dificultades para dormir. Me empezó a mandar algunos videos inquietantes donde los entrevistados juraban que seres de otro planeta los habían secuestrados. Aunque comprendí que lo nuestro había terminado, no la pude dejar. Si hasta la ayudé con algunas traducciones del idioma antiguo que hablaban los extraterrestres. Siempre me interesó la Historia y comprobé que era sumerio.


Hice un último esfuerzo. Más llantos y más promesas incumplidas. Ya no sé qué probar. Ojalá alguien de la audiencia se apiade de mí y me pueda ayudar en mi desesperación. Ahora está otra vez con la monomanía que le agarra más o menos cada dos años. Sí, la del virus-T, la plaga zombi, clones enardecidos, ciudades devastadas y la corporación maligna, jugando a Dios.

Bueno, mejor me callo, a ver si la saco de esta pesadilla recurrente y vuelve a la otra, esa, donde hablaba con el Jefe de arriba. Por más buena que esté, es la última vez que salgo con loquibambi semejante.
En un día como hoy, pero de 1975, nacía la actriz Milla Jovovich que ha interpretado papeles protagónicos en películas como “El Quinto Elemento”; “Juana de Arco”, “Encuentros del cuarto tipo” y la saga “Resident Evil”. Además, es modelo y cantante.
© Pablo Martínez Burkett, 2012

lunes, 10 de diciembre de 2012

"La risa, indestructible arma de seducción", apertura dedicada a Ed Wood





LA RISA, INDESTRUCTIBLE ARMA DE SEDUCCIÓN
Éramos amigos desde Jardín de Infantes y en los últimos años de la facultad, seguíamos tan unidos como siempre. Mi abuelo nos había bautizado “Los Cinco Grandes del Buen Humor”. Y más allá del anacronismo, el nombre nos calzaba perfecto, porque éramos unos payasos. En las reuniones familiares, en las fiestas, con las chicas, las carcajadas corrían por nuestra cuenta. Tito Rosales decía que si el camino al corazón del hombre pasaba por el estómago, el camino al corazón de una chica, pasaba por sacarle una sonrisa.
Y en eso todos nos habíamos especializado. Bueno, todos no. El Gordo Baldasarre era un desastre. Se mancaba. El más gracioso, el más chispita de la barra, frente de una mujer, se convertía en un salame sin remedio. Por eso le habíamos puesto fichas cuando nos dijo que Matilde, la del cine-club, lo había invitado a ver una película a su casa. El Gordo fue dispuesto a fumarse la película iraní de turno o la última revelación del cine chino con tal de ligar algo.
En esa época, no había celulares ni email, de modo que tuvimos que aguantarnos hasta el otro día. A la mañana siguiente, nos juntamos a desayunar antes de ir a clases. El Gordo llegó más tarde. Nos codeamos, cómplices. Se sentó y arrojó: -Loco, no saben lo me pasó anoche-
Dispuestos a recrearnos con un relato no exento de lúbricos detalles, suspendimos la masticación de una medialuna que había visto días mejores y lo urgimos: – ¡Dale Gordo, desembuchá!
- ¡Qué película ¡ -dijo nuestro amigo.
– ¿Te puso una porno? -no se aguantó Carlitos Mendy. Todos lo miramos para que se callara y le dimos pie al Gordo para que rompiera el silencio de una buena vez….

-Fue una cosa de locos…. –arrancó el Gordo- era sobre unos extraterrestres que venían a la Tierra para convertir a los muertos en zombis asesinos y así exterminar a la raza humana. Parece ser que el descubrimiento de la bomba atómica había provocado un desequilibrio galáctico que los cosos estos no podían consentir. Y muchachos…, no se imaginen que los marcianos eran algún bicho raro: lo único que tenían de alienígenas eran los trajes plateados. Y no les digo los platillos voladores que eran… exactamente eso, platos atados con piolines a la vista. La escenografía era de cartón pintado, pero con tanto impudor... Era de no creer. Una escena, estaba filmada a la luz del día, en el cuadro siguiente, pasaba a noche cerrada y otra vez, a pleno sol.

-Gordo –interrumpió nuevamente Carlitos- la Matilde esta es una fenómena, te puso algo en el copetín para que no te hicieras el oso ¡y viste cualquiera!



-No muchachos, no… palabra que es lo que ví… no se podía creer – se defendió el Gordo – en la estación espacial de los marcianos, toda la decoración se reducía a un cortinado y una mesa, con electrodomésticos de Héctor Pérez Pícaro. El ejército los atacaba con cohetes pero la acción era de una cinta de guerra…. No les puedo decir la tracalada de burradas que tiene la película… Los zombis no asustaban ni a mi sobrinito de tres años. ¡Cómo nos reíamos! Y todavía no les conté lo más increíble –siguió el Gordo- ¡aparece Bela Lugosi! Sí, sí, reviejito. No habla, la peli empieza en un campo santo donde están enterrando a su mujer, después se muere de tristeza y lo sepultan en el mismo cementerio donde las lápidas son de papel maché y es todo un desastre. Enseguida resucita haciéndose el Drácula, pero doblado por un actor que nada que ver. La esposa muerta, también resucita y parece una chica Divito. Me dijo Matilde que era Vampira, una presentadora de cine de terror de los 50’. Una cosa de locos. Nuestras carcajadas se deben haber escuchado desde la planta baja.

-Gordo- lo urgió Carlitos- ¿arrimaste el bochín, sí o no?
-Che, que uno es un caballero y esas cosas no se cuentan. Solo les digo que esta noche nos juntamos para ver otra del mismo director, donde además actúa de travesti…Matilde dice que es aún peor. No puedo imaginarme cómo…Ya me estoy riendo a cuenta.
Matilde y el Gordo se casaron. Yo soy el padrino del nene más grande. Desde entonces somos fanáticos de las películas de Ed Wood.
En un día como hoy, pero de 1978, fallecía Ed Wood, director, productor y guionista del cine americano. Fue calificado como el peor director de todos los tiempos y sin embargo, se ha convertido en un director de culto. Su obra es valorada desde distintas perspectivas, al punto que Tim Burton rodó una película sobre su vida, con Johnny Depp en el papel protagónico.
© Pablo Martínez Burkett, 2012

lunes, 3 de diciembre de 2012

"En el Club de Mr. Hyde", apertura dedicada a Robert Louis Stevenson




EN EL CLUB DE MR. HYDE
Aunque mi novia me diga que soy un bipolar que ha perdido el seso trabajando en la prensa amarilla, en realidad, soy un periodista de investigación.
Me acuerdo perfectamente de mis comienzos. Mientras estaba haciendo una pasantía en el diario, el responsable del área se suicidó. Se corrió el rumor de que no aguantaba más. Sea como fuere, nadie quería ocuparse del asunto y me mandaron a cubrir la misteriosa aparición de una imagen en la pared de un baldío. Yo no veía más que una gran mancha de humedad que nada tenía de sobrenatural. Sin embargo, luego de interrogar a los vecinos comprobé que las opiniones estaban divididas: unos decían que era una manifestación sagrada; otros, un clarísimo mensaje de seres extraterrestres.
Supongo que fue la imprudencia juvenil, pero escribí una nota que me dejó efectivo Y a partir de allí… ¡Qué entrevistas! El florista que de noche se convertía en el Elvis Presley de la Chacarita… el maestro de William Morris, líder de una secta que se preparaba para el holocausto maya. Y sin dudas, el mejor reportaje de todos los tiempos: Miranda Romero, el sodero que terminó siendo “El Sátiro de Los Polvorines”. Con ellos me siento un pez en el agua. Son personas con algunos problemitas, no lo voy negar, pero en el fondo, es gente igual a los demás.
¡He visto cada cosa! No obstante, presiento que la de esta tarde será una experiencia sin precedentes. No sé cómo convencí al secretario de redacción. Por primera vez, le tuve que levantar la voz. Pero él también estuvo mal. Me dijo “te convertiste en un loco de miércoles”, o algo parecido, pero con más olor…
Es que me corroe la ansiedad. Una tía de mi novia, que es enfermera en el Instituto Neuro-siquiátrico José Pedro Esdomber, me contó que allí se aplicaba una novedosa terapia en pacientes con desdoblamiento de personalidad. En la jerga interna es el “Club de Mr. Hyde”. Y no sólo eso, me consiguió una cita con los médicos.
Tengo que admitir que los trastornos de personalidad múltiple han sido siempre un tema fascinante para mí. La culpa la tiene la novela, que leí de chico.
¿Cómo que no se acuerda de “El Extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”? El Dr. Jekyll era un médico que buscaba profundizar la investigación sobre el bien y el mal, esa doble naturaleza que reside en el interior de cada uno de nosotros. Para ello, había creado una poción destinada a sacar lo peor de sí, que no era otro que su alter ego, el perverso, maléfico y horripilante Mr. Hyde, una joyita de persona que comete una tracalada de maldades inconcebibles. Al final, el médico no puede ser hallado mientras que el monstruo aparece muerto en el laboratorio. No obstante, por unas cartas se puede armar el rompecabezas de la tragedia.
En el afán de investigación, el malogrado científico no vaciló en inyectarse el suero que suscitaba la maligna transformación. Y aunque al principio, los efectos de la poción eran temporarios, la cosa se salió de madre y no sólo que el antídoto duraba cada vez menos sino que, en el último tiempo, Mr. Hyde sustituía “espontáneamente” al atribulado Dr. Jekyll, ya sin necesidad de poción alguna.
Esa es más o menos, la trama de la novela que transcurría en la Inglaterra de la doble moral victoriana. ¿Se acordó? Mejor, porque más de cien años después, la historia está por repetirse.
Sí, sí. Cuando la tía enfermera me confesó que el éxito de la terapia consiste en una nueva droga que invierte el proceso de doble personalidad, no pude esperar a la cita y me contacté con los médicos. Me informaron que la droga convierte a seres retorcidos, antisociales y peligrosos en individuos racionales y totalmente adaptados a su entorno. Además, supe de muy buena fuente que el Director del Hospital estaba tramitando la autorización para probarla fuera del loquero. Y que era necesario ensayarla en personas normales. Como yo.
Sí, claro, me ofrecí de conejito de Indias. No hizo falta que adularan diciendo que por mis características era la persona ideal. Y por más que mi novia amenazó con dejarme, esta tarde me voy a prestar voluntariamente al experimento. Le voy a demostrar a esa pérfida lo que es un verdadero periodista de investigación.
En un día como hoy, pero de 1894, fallecía Robert Louis Stevenson, novelista escocés que pese a sus 44 años, dejó grandes clásicos de la literatura universal, como “La Isla del Tesoro” y “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, obras que han sido llevadas al cine y la televisión en reiteradas oportunidades y que, definitivamente, han quedado incorporadas al imaginario colectivo y la cultura popular.
© Pablo Martínez Burkett, 2012

lunes, 26 de noviembre de 2012

"Noche, extiende tus alas sobre mí", apertura dedicada al hallazgo de la tumba de Tutankamon




NOCHE EXTIENDE TUS ALAS SOBRE MI
Primero fue el silencio, el lacerante silencio. Después fue la oscuridad. Pronto, el horror de la nada. O todo a la misma vez. Una sensación extraña de ser otro pero también el mismo. Un extravío entre la noción de identidad y el constante fluir. Y un único recuerdo: un viaje extraño, no sabría decir si corto o largo. Probablemente en una barca, atravesando puertas, cavernas y montañas, vigilado por seres sobrenaturales y aterradores, pertrechados con enormes cuchillos. Criaturas con cuerpo humano y cabeza de chacal o de buitre. Presiento murmuraciones de aquellos que no se dejan ver, que espero sean rezos… quizás... quizás… antiguos hechizos para apaciguar a estas bestias que gozan bailando en sangre. Y una procesión de cocodrilos… serpientes… escarabajos y la certeza de que eso que llamamos vida es un parpadeo efímero.
Después todo se volvió aún más difuso. Anubis, el Señor de la Tierra Sagrada conduciendo la barca a la presencia de Osiris, divinidad que preside el Juicio de los Muertos, donde tiene parte el temido ritual y los juramentos que seguramente hube de pronunciar pero que ya no recuerdo. Y la desaforada visión de mi propio corazón en la balanza de la diosa, sopesado contra una pluma de avestruz. Y luego… y luego…
Y luego, el vientre del Valle de los Reyes y las estrellas me dieron cobijo durante más de tres mil años de sueño eterno, ignorado aún por los laboriosos ladrones de tumbas. Hasta el día en que todos esos ingleses interrumpieron mi descanso, luego de hollar los primeros escalones de mi sepulcro. Excavaron y descendieron, hasta allanar las cuatro capillas superpuestas que me albergaban en la cámara funeraria. Rompieron los sellos del sarcófago y uno tras otro, removieron los tres ataúdes que me guardaban. Finalmente, quitaron la máscara sagrada y la devota reliquia que ya era mi cuerpo quedó expuesta a la vista de todos esos paganos. De pura vergüenza, unas flores secas se desintegraron con el viento.
Sin embargo, semejante afrenta no habría de quedar sin reparación y pronto la condenación se apoderó de sus miserables existencias.
Y fue así entonces que todas las personas que visitaron mi tumba empezaron a morir. El primero de todos, el pérfido Lord Carnarvon que financió la profanación. ¿El arma homicida? Un mosquito que lo picó mientras se afeitaba, llenando su cuerpo de una infección abominable que le quitó la vida en el mismo instante en que El Cairo sufría un apagón épico. Fue la muerte más elocuente, pero sólo la primera.
Su propio hermano, presente en las excavaciones, lo siguió inmediatamente. También el operario que dio el último golpe en el muro de la cámara real sucumbió por causas “desconocidas”. Y tal como me despojaron de mis tesoros, uno a uno fueron despojados de sus vidas. Ni siquiera escaparon los directores de los museos que aprobaron el traslado de las piezas rescatadas de mi tumba.
Treinta muertos en total fueron traídos a este, mi segundo reinado, el Reino de la Oscuridad. Si mis labios no estuvieran sellados, hubiera podido sonreír. La Maldición de los Faraones, invención de los periodistas, burla para los intelectuales y científicos, es más poderosa aún que la propia muerte.
No estés seguro de sustraerte de sus efectos, tú que escuchas.
En un día como hoy, pero de 1922, el arqueólogo inglés Howard Carter conseguía alcanzar la cámara funeraria de la tumba del Faraón Tutankamon, hasta ese momento, la única tumba real encontrada con un ajuar funerario tan numeroso, bien conservado y prácticamente intacto. Hasta el presente, la progresión de muertes más o menos enigmáticas, ha sostenido la existencia de la llamada Maldición de los Faraones.
© Pablo Martínez Burkett, 2012

martes, 20 de noviembre de 2012

"Pobre Cristina, venirse a morir en la Argentina", la apertura dedicada a Cristina Onassis





POBRE CRISTINA, VENIRSE A MORIR EN LA ARGENTINA

“Gorda, narigona, ojuda”… eran los piropos que le devolvía el espejo cuando se miraba de chica. “Borracha, drogona y ligerita de cascos”… eran los titulares de las revistas del corazón cuando se hizo más grande.

Con cirugías estéticas quiso corregir los defectos que la hostigaban, con pastillas, vestidos y carteras de diseño, quiso conquistar la circunvalación de su cintura. Con fiestas y alcohol quiso ganar la voluntad de amigos que no tenía; con un fajo de billetes, un amante de ocasión que le mintiera amor una noche.

Hija del más famoso armador griego, ese que había empezado su fortuna como vendedor de ballenitas por las calles de Buenos Aires, Cristina Onassis nadaba en la más profunda tristeza. Nadie le advirtió que los agujeros del corazón no se llenan con bienes materiales. O quizás sí le avisaron, pero que a los tres años te regalen uno de los yates más grandes del mundo, le quema los horizontes a cualquiera. Y que tu madrastra sea nada menos que Jackie Kennedy, devenida en Jackie Onassis, es un golpe que te descalabra el sentido.

Porque tener una isla propia, limusinas y restaurantes de lujo, no pudieron evitar que se muriera ni su madre, ni su hermano, ni aún su padre. La muerte siempre ha tenido esa rebeldía democrática. Cuatro maridos impresentables, no lograron apagar el grito helado de su corazón en llamas. Ni siquiera su propia hijita, fruto del último esposo, fue capaz de anclar el vuelo iracundo de su angustia. Cristina abusaba de todo: del sexo, de las pastillas, de los hombres, de ella misma. Una carrera a contramano de la vida. A veces, ser la joven más rica del mundo no resulta todo lo bueno que parece.

De una forma u otra, la tragedia venía pidiendo pista hacía un rato largo.

En una escapada a Buenos Aires, vino Cristina a encontrar el fin de sus atribulados días. Que fue un suicidio, que se le fue la mano con los barbitúricos, que fue la mafia rusa, que fueron los intereses petroleros. Como siempre pasa en estas cosas, nadie sabe nada, porque la mayoría habla de balde y los que saben de verdad, se callan bien callados.

La fría noticia dice que la encontraron sin vida en la casa de una amiga donde buscaba el refugio existencial que carecía. Se habló de la decisión de quedarse definitivamente en la Argentina y manejar desde aquí la infinita fortuna. Se habló de apresurados cambios de testamento. Se habló consultas previas con miembros de la iglesia ortodoxa griega. Se habló mucho.

Pero eso fue en el pasado, donde suceden todas las cosas. La pobre Cristina poco a poco se ha convertido en un nombre que ya nadie recuerda. Salvo las letras borroneadas de una lápida en la famosa Isla de Skorpios donde la enterraron junto con el resto de su familia.

En un día como hoy, pero de 1988, Cristina Onassis era hallada sin vida en la bañera de la casa de su amiga, en un country de zona norte. Tenía sólo 38 años. Dicen que no mucho antes de morir había acuñado la frase con la que se recuerda su vacía existencia: "Soy tan pobre que solo tengo dinero...".

© Pablo Martínez Burkett, 2012

lunes, 12 de noviembre de 2012

"Esperanza", apertura sobre Nessie: el Monstruo del Lago Ness


ESPERANZA

Uno se acostumbra a la soledad. Yo sé de las habladurías, la leyenda negra. Son cosas que me persiguen desde que nací. Y eso que me dejaba ver poco. Por las dudas, siempre traté de molestar lo menos posible. Prefería transitar por donde sabía que los lugareños no se aventuraban. Son unos montañeses llenos de supersticiones. Uno se acostumbra a la soledad. Y aunque admito que al principio pueda parecer que me he convertido en un ermitaño, esta vida de retiro es una verdadera bendición.

Tampoco es que vivo en el más completo aislamiento. Por ejemplo, disfruto grandemente de las charlas de los pescadores. Me acerco sin llamar la atención y escucho con placer sus historias de tormentas, nieblas homicidas y presas fabulosas. Me hace mucha gracia comprobar cuán amigos son de las exageraciones. He de confesar que alguna vez yo también falseé las dimensiones de un cardumen o la bravura de la corriente. Cambia la perspectiva, pero al fin de cuentas, no somos sino colegas sobrellevando con dignidad el esfuerzo diario de surcar estas frías aguas en pos del sustento.

Hace muchos años, me había habituado a la compañía de un niño. Me lo topé una tarde entre las piedras, mientras perseguía una pelota. Su inesperada presencia me llenó de temor pero su carita desfigurada por las lágrimas me llamó a la piedad y le ayudé a recuperar su juguete extraviado. Nos juntábamos todas las tardes, cuando volvía del colegio. Se quedaba hasta que sus cabellos rojos reflejaban el sol que se escondía tras el contorno de las tierras altas. Pero lamentablemente, los niños tienen la mala costumbre de hacerse hombres y mi joven amigo se enroló como soldado. Por los homenajes, advertí con mucho con pesar que había muerto en una trinchera, arrasado por las ametralladoras del Kaiser alemán. No supe cómo hacer llegar mis condolencias a su familia. Aún lo extraño.

Pero nada es para siempre. Hace poco, estaba aburrido. ¡Y ay de mí! creyendo que nadie me veía, me puse a saltar. Es una de las cosas que más me gusta. También rodaba y rodaba… me entusiasmé, me distraje y fue mi perdición. Cuando me dí cuenta, había una pareja en la playa mirándome azorados. La mujer empezó a señalarme con el dedo y gritaba como loca. El viento no me permitió entender lo que decía. Igual los saludé. Son maleducados estos lugareños. Se fueron corriendo.

Pero contrariamente a lo esperado, empezó a venir gente. Mucha gente. Periodistas, fotógrafos y curiosos. No son de acá. Por el acento, me suenan de bien al sur. Podría jurar que son de Londres. Hay un par de botes que no paran de andar. Llevan unas redes gigantes. Escuché que eran cazadores de recompensas, contratados por un circo. Se refieren a mí como “el monstruo”. No sé qué pudiera significar, pero estoy seguro de que nada bueno debe ser. Creo que lo mejor es sumergirme y desaparecer por un buen tiempo. Espero que se desilusionen. Espero que se cansen. Espero que se vayan. Espero que vuelva la paz a mi Lago Ness.

En un día como hoy, pero de 1933, “Nessie”, el Monstruo de Loch Ness, fue fotografiado por primera vez. Sin embargo, la leyenda de un animal fabuloso que vive en las profundidades de este lago de Escocia se remonta a más de 1500 años de antigüedad. Y más allá del escepticismo de la comunidad científica, en la cultura popular está más que arraigada la idea de que una criatura prehistórica vive en sus aguas.

© Pablo Martínez Burkett, 2012

lunes, 5 de noviembre de 2012

"Francamente, querida, me importa un bledo", apertura dedicada a Viven Leigh y "Lo que el viento se llevó"




EFEMERIDES 5 DE NOVIEMBRE
FRANCAMENTE, QUERIDA, ME IMPORTA UN BLEDO
Juguemos a las adivinanzas... Cine... Se trata de una película, sí… en su momento fue la más costosa... Se llevó 10 Oscar de la Academia… En un par de años se van a cumplir 75 de su estreno... ¿Ya sé que no había nacido pero… adivinó?
Es una de las más famosas de la historia del cine… Dura 4 horas…. Ah, que no ve películas tan largas, me dice… Pero mire que está buena… ¡No, no! que no es en blanco y negro, es en color, todo un alarde de técnica para la época. Hay tiros… unas batallas increíbles y hasta le prenden fuego a toda una ciudad… Sí, hay besos… ¿pero qué quiere? … en el fondo es una historia de amor. Bueno, sí, es un culebrón de aquellos… ¿No le suena? Hablando de sonar, le doy otra pista: la musiquita seguro que la conoce, no hay fiesta de los Oscar que no la pasen en la apertura de cada bloque… ¿Adivinó? ¿Mnnno?
De qué trata la cinta, me pregunta… La acción comienza hacia 1860 en las plantaciones del Sur de los Estados Unidos, en Atlanta, Georgia. Hay grandes mansiones y un lujo increíble. Sí, también hay esclavos. Sí, sí, y son negros… Ya le dije, es Estados Unidos, el Sur… fanatizados con la esclavitud al punto de ir a la guerra con los estados del Norte por ese temita. No, todavía no sucedió la Guerra de Secesión, pero está ahí no más, como quien dice, a la vuelta de la esquina. Encima, los jóvenes sureños sueñan con la gloria de la guerra. Creen que se trata de un desfile, de una fiesta, un baile.
En la película hay un montón de banquetes y bailongos, con damas ataviadas con esos vestidos fabulosos y los peinados con tirabuzones. Y ya que estamos con el componente femenino, déjeme que le diga que una de entre todas, se destaca. Lejos, es la más bella del condado. Caprichosa, apasionada; es una consumada manipuladora. En realidad no le importa nada con tal de alcanzar aquello que ambiciona. Pero como en el pecado está el castigo, no va que justo se enamora de un hombre, un buenazo, un pan de Dios, pero que está comprometido con otra mujer, a la sazón, prima de esta ricura de chica, quien, mientras intenta salirse con suya, no encuentra reparos en casarse con otros dos caballeros que tienen la mala idea de ir muriéndose.
Pero, (siempre hay un pero), para complicar la cosa, aparece “el” hombre, que aunque pertenece a la clase acomodada de Charleston, Carolina del Sur, es un aventurero, un jugador, un desfachatado que tiene a todas las damas en un puño, con su sonrisa de perdonavidas, el pelo engominado y su bigote caminito de hormiga. Y para peor, no está muy de acuerdo con esto de ir a la guerra, poco menos que una cobardía para los gallardos varones sureños.
Muy bien, veo que no obstante no tiene ni idea de la película, ya anticipó el argumento: el cancherito se enamora de la chica mala y la chica mala, aunque se hace la rata cruel (que ambos tienen que cuidar su reputación), se termina casando con él y hasta tienen una hija, la malograda Bonnie Blue. Pero cada uno es víctima de su pasado y su fama, y la chica le hace las de Caín durante el resto de la película hasta que el tipo se cansa de andarle atrás y después de una discusión plagada de cínicos reproches, le anuncia que es su intención dejarla. La chica, que ya no lo es tanto porque pasaron unos cuantos años, le pregunta en un arresto de genuina desesperación: -Si tú te marchas ¿qué será de mí? Y sucede entonces una de las respuestas más memorables del celuloide: “Francamente, querida, me importa un bledo”. Y el ajado galán y su bigote caminito de hormiga se van para siempre.
¿Vio que se iba a acordar? ¡Sí, claro, cómo no! La película es “Lo que el viento se llevó”.
En un día como hoy, pero de 1913 nacía en Inglaterra la actriz Vivien Leigh, recordada por su papel como Scarlett O’Hara en “Lo que el viento se llevó”, papel que le valió un Oscar de la Academia y al que accedió luego de ser elegida tras un casting de más de 1.400 candidatas y para el que tuvo que modificar su inglés británico por el acento sureño.
© Pablo Martínez Burkett, 2012

lunes, 29 de octubre de 2012

"Una mano que me ayude a cruzar la noche", apertura dedicada a Peter Green de los Fleetwood Mac





EFEMERIDES 29 DE OCTUBRE
UNA MANO QUE ME AYUDE A CRUZAR LA NOCHE
Lo llevaban a la rastra dos recios hombres vestidos de blanco, con más de barra brava que de enfermero. El pobre infeliz balbuceaba incoherencias por el anestésico y los relajantes musculares, pero aunque hubiera podido juntar dos palabras, el personal sanitario era demasiado joven para entender. Uno de ellos creyó escuchar que decía: “Yo toqué con B.B. King”. El otro, más veterano en esto de lidiar con enfermos mentales, lo atajó enseguida: - Es un esquizofrénico y como tal, tiene alterada la percepción de la realidad. Simplemente delira… ¡Mirá que este desecho humano va a haber tocado con B.B. King!
El paciente venía de recaída en recaída y la falta de respuesta a los medicamentos habituales, hizo aconsejable incrementar las sesiones de “terapia”. En la jerga del manicomio era un eufemismo para la terapia electroconvulsiva… los electroshocks, para explicarlo con propiedad.
Lo que los asistentes terapéuticos no sabían era que, a comienzos de los 70’, cuando la fama no era cuento, el tipo era alguien en serio y en una gira por Alemania no aguantó el peso de tanta popularidad y se metió tal dosis de LSD que estuvo alucinando tres días seguidos. El ácido lisérgico lo atrapó en su mundo psicodélico y ya nunca volvió a ser el mismo, alternando épocas de euforia con períodos de ausencia emocional. Abominó del dinero, de la música, de las ovaciones y durante años, vivió de la caridad, como un linyera. A veces se le representaba una melodía con una nitidez traslúcida. Otras, lo asaltaba el eco de aplausos lejanos. Nunca podía recordar su nombre. Sin embargo, volvió a subirse a un escenario unas cuantas veces más. Los dedos recorrían las cuerdas, la voz acomodaba los versos, pero esa, esa ya era la vida de otro.
Los pasillos de azulejos blancos se sucedían como un laberinto perverso. Ojos asustados fisgoneaban por la mirilla de las puertas de metal. Cada tanto se escuchaba una carcajada que también podía ser un sollozo. Finalmente, llegaron a la “mazmorra”, como llamaban, con no poca sorna, a las instalaciones donde se aplicaba el tratamiento.
Lo pusieron en la camilla y empezaron a pasarle los correajes de sujeción. El paciente de barba desprolija y mirada caníbal canturreaba: “Necesito la mano de alguien que me guíe a través de la noche, necesito que alguien me abrace y estruje con fuerza… Y ahora, cuando la noche comienza, estoy en un camino sin salida porque necesito tanto tu amor”. A los muchachos, la melodía les resultó levemente familiar.
Mientras le ponían los electrodos en la cabeza, el paciente entró en un estado de agitación y se puso a gritar que él había sido el reemplazo de Eric Clapton en la banda de John Mayall. El nombre de Clapton hizo que los enfermeros se miraran con alguna inquietud. ¿A quién le estaban friendo el cerebro?
Pese a las severas normas de confidencialidad que gobernaban aquel hospicio de las afueras de Londres, los muchachos tomaron coraje y le preguntaron. El hombre levantó la cabeza, lanzó una risotada y antes del desmayo dijo: Yo solía ser Peter Green, de Fleetwood Mac…
En un día como hoy, pero de 1946 nacía en Londres, Peter Allen Greenbaum, mejor conocido como Peter Green, legendario guitarrista de blues y rock, que saltó a la fama con la banda Fleetwood Mac. De una clara influencia en toda una generación de guitarristas, toco entre otros con verdaderas glorias del blues como B.B. King, John Mayall, Eddie Boyd, Otis Spam y Memphis Slim. El abuso con las drogas prácticamente truncó su carrera. Así y todo, la revista Rolling Stone, lo considera el número 38 en la lista de los mejores 100 guitarristas de toda la historia.
© Pablo Martínez Burkett, 2012 

lunes, 22 de octubre de 2012

"Siempre los estaremos esperando", apertura dedicada al primer aterrizaje en el planeta Venus




EFEMERIDE 25 DE OCTUBRE
SIEMPRE LOS ESTAREMOS ESPERANDO
Hay quienes afirman que en la antigüedad ya fueron vistos. Los más piadosos los llamaron dioses; los blasfemos, simples luces en el firmamento. Los prudentes, erigieron altares y sacrificios de los que ya no se tienen memoria; los impíos, grabaron en la piedra numerosas advertencias para las generaciones futuras. La erosión de los años poco ha dejado de aquellas alertas sobre los objetos que vinieron del espacio. Menos queda de esos bólidos de fuego que cayeron sobre el planeta.
Pero tanto crédulos como escépticos no pudieron sentir el mismo terror que ahora nos corroe, porque para ellos, ¡oh, felices antepasados!, sólo fueron luces que caían desde el cielo. Ojalá todo hubiera seguido así, un enigma para la ciencia, un capítulo para la teología. Pero ese tiempo de venturosa inocencia jamás, jamás habrá de volver…
La luz apareció hace poco y se estacionó en una órbita cobarde. Su presencia acechante puede percibirse cuando las nubes se hacen menos densas. Las noticias lo describen como un cilindro gigante, con dos alas no menos colosales y un gran plato en el costado. En uno de los extremos, tiene una esfera y en el otro, una campana de la que sobresalen unos raros artefactos. Los ancianos no terminan de ponerse de acuerdo, pero se trataría de un sistema de propulsión. Es indudable que proviene de una inteligencia superior, capaz de un diseño que nuestra pobre tecnología no alcanza siquiera a imaginar. Hay quien arriesga que es la vanguardia de una conquista estelar.
Se ha suscitado una especie de psicosis colectiva. La presencia del intruso no es mero azar. De edad en edad, la sucesión de luces fue creciendo con vertiginosa frecuencia pero ahora… esto… esto es diferente. Sean divinidades o seres intergalácticos, saben que estamos acá. Retornan los antiguos dioses, dicen unos. Los emisarios ancestrales vienen a reclamar lo que es propio, se agitan otros. Aunque me niego a admitir que las profecías pudieran ser reales, en esta ocasión, tengo que conceder, hay testimonio suficiente. Es cierto que poco hemos hecho con nuestro planeta y que no hace falta levantar la mirada para contemplar la degradación del ambiente. ¡Pero es todo tan terrible!
Predicción o no, el gobierno ha dado las órdenes precisas y se hacen los aprestos para defendernos del mal que se avecina. Sin embargo, el horror se ha acelerado. Del ente orbital se desprendió la esfera. A diferencia de otras veces, sólo un ínfimo fuego acompañó su descenso a través de las capas superiores de la estratósfera, ¡ay nuestra vana esperanza de que se incinerara! Luego, prodigio tras prodigio, la bola se abrió en gajos, para dejar salir tres hongos colosales de los que pendía el artefacto escondido en esa pequeña estrella de la muerte. Era un cilindro más corto, asentado sobre un plato, que a su vez, se encastraba sobre una esfera, de cuyo ecuador brotaban unos tubos que se insertan en la circunferencia que le servía de base.
Por unos signos de color rojo en el fuselaje, los científicos han creído identificar la procedencia del agresor colonial. Se dictó una ley estricta. Todo el mundo debía guarecerse bajo la superficie. No obstante, unos valientes asomaron las antenas para ver cómo el pérfido engendro extendía un brazo mecánico y producía unos chasquidos. Al principio temimos lo peor, pero el calor y el peso de nuestra atmósfera hicieron lo suyo y el aparato quedó totalmente inutilizado. El invasor terrícola no duró ni una hora de ellos. Sabemos que no se darán por vencidos, pero siempre los estaremos esperando.
En un día como hoy pero de 1975, una nave alcanzaba por primera vez la superficie del planeta Venus. La astronave soviética Venera 9, lanzada en junio de ese año, estaba compuesta por un orbitador y un módulo de aterrizaje. Este módulo se separó e inició el descenso, auxiliado por tres paracaídas. Ya en suelo venusino, la sonda realizó diferentes mediciones y tomó un sinfín de fotografías, pero tras 53 minutos de exploración, fue destrozada por un calor de casi 500 ° centígrados y las 90 atmósferas de presión, peso semejante al que existe a un kilómetro de profundidad en nuestros océanos.
© Pablo Martínez Burkett, 2012

lunes, 15 de octubre de 2012

"Una radio que hablaba alemán", apertura dedicada a Friedrich Niezstche




UNA RADIO QUE HABLABA ALEMAN
En mi casa tengo una radio a válvulas. El gabinete es de madera maciza y mide casi medio metro de frente. No posee identificación ni escritura alguna, así que no sé la marca. Tampoco sé los años que debe tener. Pero seguro que son muchos, muchísimos. Y no es cualquier radio.
Me la regalo mi tío Serodino. Lo acompañaba cuando era jefe de estación en un pueblito de provincia, cuatro o cinco décadas atrás. La vida del ferroviario alarga las soledades y si la radio era una gran compañía en los días, tanto más en las noches de cielo y pampa. El tío repetía hasta el cansancio que escuchaba transmisiones de todos lados. Y aunque no entendía ni jota, decía que eran voces que le daban paz interior. Y entre enigmático y cómplice, explicaba que esas palabras habían sido fundamentales para su carrera.
Mi tío se trajo la radio consigo a Buenos Aires, cuando lo promovieron al puesto más alto al que pudiera aspirar un hombre del riel. En su despacho de la Estación Retiro escuchaba la radio, con un sonido metálico, lleno de frituras. No hubo subalterno ni familiar que lo convenciera de cambiarla. No hubo regalo modernizador que lo conmoviera. La radio, insistía el tío, era su guía espiritual.
Finalmente, Serodino se jubiló y se fue a su casa. Con la radio a cuestas, claro. Una tarde me llamó y con solemnidad, me informó que deseaba legarme la radio. También me habló de otras cosas. Al principio, no quise aceptar. No entendí que a su modo, se estaba despidiendo. Poco después, mi primo me llamó para darme la desgraciada noticia.




La radio era un armatoste bastante fiero. Con practicidad femenina, la legítima me urgió a tirarla a la basura. Pese a la agria discusión doméstica, terminó sobre el bahiut del living-comedor. No me animé a confesarle que, además de ser un recuerdo familiar, la radio tenía otras… digamos… virtudes. Pero no pasó mucho para que se manifestara el fenómeno del que tanto me aleccionó mi tío en la última charla.

Un sábado de mañana, hacíamos la limpieza. Yo pasaba los pisos y mi mujer lustraba el gabinete de madera. Y mientras frotaba una suerte de ojo de vidrio que está sobre el sintonizador, la radio empezó a transmitir. ¡Nos pegamos un julepe bárbaro! Siempre creímos que no andaba. Pero la sorpresa si hizo pavor cuando comprobamos que ni siquiera estaba enchufada. Y para terminar de desquiciarnos, no obstante que el discurso, distorsionado, latoso, salía en alemán, éramos capaces de entender perfectamente.
Con mucho de arenga, pero también de prédica y hasta de poema, la voz dijo ser un ermitaño que vivía en la montaña, acompañado de un águila y una serpiente. Se presentó a sí mismo como Zaratustra, un antiguo profeta, que había regresado para destruir los valores arcaicos del bien y del mal y engendrar así una nueva moral. El profeta proclamaba con vehemencia el ocaso de los dioses, más precisamente, vociferaba que Dios había muerto y que pronto estaba el surgimiento del superhombre, quien habrá de practicar una nueva escala de valores, una moral basada en la verdad y en la voluntad de poder. Antes de apagarse, la voz nos advirtió que solamente esa ambición de actuar los propios deseos, hará posible que el superhombre pueda vivir una vida plena, intensa, sobresaliente, al punto de querer repetir lo vivido, una y otra vez, una y otra vez.
Cuando se acalló el eco perverso, con la legítima nos quedamos temblando. Sólo se escuchaba nuestras respiraciones agitadas. Sin darnos cuenta, nos habíamos abrazado durante la sermoneada de Zaratustra. Nos miramos sin saber qué hacer. Un rato más tarde, repuestos ya del horror, sofrenamos el primer impulso de deshacernos de la radio. Aguardamos la próxima transmisión, con pánico pero también con esperanza.
En un día como hoy, pero de 1844, nacía en Alemania Federico Nietzsche, uno de los filósofos de mayor influencia en el pensamiento contemporáneo. En sus obras, embistió contra las ideas imperantes en la época, desafiando los valores establecidos, la cultura y aún la religión misma. Pasó poco más de los últimos diez años de vida recluido en instituciones mentales.
© Pablo Martínez Burkett, 2012