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miércoles, 1 de julio de 2015

EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA (XL): La pesadilla




LA PESADILLA



Los personajes que intervienen en el 

sueño entran y salen a placer, 
burlándose de los cerrojos


Sheridan Le Fanu



Sexton, de los Bloody Sunset, le hablaba al oído. Luana asentía mientras me observaba con los ojos entrecerrados. Cada tanto acariciaba el talismán, demorándose en la sangre seca que adornaba los rayos del sol negro. Sangre del escarmiento, sangre de vampiros. Sangre que me podía costar la vida.


No tenía dudas de haber cumplido con fidelidad su encargo. En Cheshire todos los desmanes habían cesado. Y los insurrectos, ajusticiados por mi mano. Pero era mi palabra contra la de un jefe de clan. Y Sexton seguía narrando en voz baja. Luchaba contra el instinto y el razonamiento. Mis entrañas me impelían a sostenerle la mirada. No sólo por la certeza de haber obrado con fidelidad, bajar la vista era consentir un error, admitir mi final. Pero por otra parte, sólo aquél que estimara en poco su vida puede mirar a los ojos a un pater. Más temprano que tarde me cobraría la audacia.


Un estrépito interrumpió mis cavilaciones y el cuchicheo de Sexton. A pesar de que estábamos en la sala del Consiliul, Ikito irrumpió sin pompa ni modales. Tan rápido que ni Cujo, el javato, podía alcanzarla con sus patitas cortas. La Pequeña se mordía el labio inferior. Hablaba con atropello y se retorcía las manos. Nunca la ví tan desvalida. Pero ni la peor pesadilla igualaba a las noticias. La alianza entre las Tríadas chinas y la División Roja de Scotland Yard preparaban en ese mismo instante el ataque final. Un chino con intenciones de galán le había confesado los planes urdidos por su padre, el DCI Brian Nakasawa y el infame Huàn yǔ wūshī.

El amante charlatán se había explayado sobre los niveles abrumadores de granadas de cápsulas pegajosas que las fábricas ya tenían estibados en distintas partes del Barrio Chino. El Dr. Hsiao Mi, creador de estas bombas personales, nos confirmó que no había antídoto para prevenir el desbalance en la energía vital. Pero esa no era la única pesadilla que se avecinaba. La promesa de sexo tornó locuaz al infidente y contó que las tropas de la coalición se estaban pertrechando con una suerte de cota de malla de kevlar que tornaba imposibles las mordeduras. Si le sumamos los fusiles de haces ultravioletas, nuestra posición era de clara desventaja.

El miedo se puede oler. Aún entre las Criaturas de la Noche. Sobre todo cuando Ikito contó que los humanos planeaban una guerra relámpago con ajuste a un plan minucioso: primero nos iban a bombardear con las granadas de moxibustión e inmediatamente, múltiples escuadrones de altísima movilidad nos atacarían para evitar cualquier arresto defensivo y rematar la faena. Pese a los cerrojos, el terror se nos había metido y nos arropaba con generosidad de mortaja.

Es cierto que ya no contaban con la sorpresa pero no sé qué era mejor: ahora estábamos anoticiados de la inminencia de nuestro total exterminio. Sea por las granadas sea por los fusiles de haces ultravioletas, íbamos a arder como teas.

Las voces empezaron a alzarse. Se maldecía en idiomas ininteligibles, se invocaban juramentos milenarios. Pero nadie sabía qué hacer. Luana los dejó reprocharse hasta llegar a escenas de pugilato y dentelladas. Los dejó gritar hasta el llanto. Asistía impasible al concierto desordenado de voces sin siquiera modificar ese antiguo desdén. Incluso me animo a decir que dejó que la situación llegara a su punto de ebullición. Cuando los Hijos del Sol Negro clamaban por una respuesta hizo un gesto y todos callaron al unísono.

Los miró uno por uno. Había desprecio en esa mirada. Luana no toleraba ninguna debilidad. Al enfrentarme, sonrió. Después giro, abrió los brazos como quien recibe una multitud y dijo simplemente: ¡No teman! Es mejor que crean que nos van ganando… Los hombrecitos presumidos no saben lo que les espera. Pronto serán una serpiente sin cabeza.

Y se fue con una risotada.



© Pablo Martínez Burkett, 2015


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viernes, 30 de enero de 2015

EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA (XXXIX): El talismán

Diseño exclusivo de Javier Martínez Burkett para EL RETORNO DE LA CRISALIDA

EL TALISMAN
La gente muere por doquier, pero yo tengo un talismán que no falla.
Sheridan Le Fanu


El niño ya ni se movía. Se había abrazado a su muñequito y se dejaba hostigar sin oponer resistencia. Los Bloody Sunset reían desaforados en su borrachera de sangre y lo vapuleaban con salvajismo. Demandaban un poco de combatividad en el pequeño para coronar el carnaval homicida. Pero el pobre inocente apenas si gemía.

Si bien la orden de Luana era causar terror mientras se organizaba la batalla final esto era demasiado. No había honor en cazar un niño indefenso sin otro propósito que rematar una fechoría macabra. Era más que demasiado. En general, no soy de usar las facultades superlativas que conlleva la condición de vampiro pero en un soplo estuve en medio de los energúmenos. 

Mi irrupción los tomó por sorpresa y con igual velocidad me rodearon para atacar. Sospecho que estaban tan enardecidos por la matanza que fueron incapaces de percibirme como un hermano o ya no les importó. Dejé llegar la exhibición de garras y colmillos hasta el instante previo al asalto y con alguna teatralidad, lo admito, elevé bastón con el talismán y se los enrostré. Eran jóvenes, estaban con los sentidos embotados por la sangre, pero la reputación del medallón los sosegó de inmediato. Previsiblemente, cesaron todo intento de agresión y con temor mostraron sus cuellos, la más excelsa señal de sumisión entre las Criaturas de la Oscuridad.

Con no poco desdén les hice seña para que se esfumaran y ayudé al pequeño a levantarse. Me enterneció su manito entre mis dedos gélidos. Traté de darle contención con palabra amable pero comprendí que para él, yo también era una bestia. Lo miré alejarse hasta casi el final de la cuadra y me desentendí. Era tiempo de detener la carnicería y para ello, lo único que tenía que hacer era esperar.

En efecto, al poco rato se hizo presente el pater familiae de los Bloody Sunset. No fue de lo más amable. Era un jefe de Clan y yo era nadie, ni siquiera era un antiguo. La disparidad de poderes presagiaba una catástrofe. Pero al ver el talismán hizo un gesto sorpresa y me miró tratando de captar si era algún tipo de embuste. Este jovencísimo pater era quien en el Consiliul había nominado a Luana como comandante suprema. No podía ignorar que disponer de la medalla era parte de los poderes conferidos en forma extraordinaria. Y que si yo la tenía conmigo era porque me había instituido en su nuncio plenipotenciario.

El talismán es una pieza de metal negro, pesado, de forma oval. Dicen que su orfebrería es oriunda de las fraguas del Infierno. Dicen que esta es la quinta versión. Dicen que la primera de todas fue labrada en un idioma ininteligible, el idioma de los Nephilim, que luego fue sumerio, que luego fue egipcio, que luego fue latín y que finalmente, fue rumano. En la cúspide tiene una representación del sol negro, con rayos afilados. Desde la eternidad, los vampiros se llamaban a sí mismos los Copii de Soarele Negru, los Hijos del Sol Negro. Luego vinieron los nazis y se apropiaron de la simbología. Pero el talismán está coronado por el sol que no alumbra. De afuera para adentro, tiene una primera sección finalmente repujada. Una segunda, de oscura iridiscencia y a continuación, lo abraza una leyenda en lengua antigua: “prin sângele de la viață a la moarte / prin sângele de la moarte a la viață”, esto es, por la sangre de la vida a la muerte, por la sangre de la muerte a la vida, separadas por sendas calaveras. Y en el medio, colgando cabeza abajo de la rama de un árbol, la crisálida de un vampiro. 

Toda la historia, todo el poder resumido en este símbolo, atributo exclusivo del Tatăl, el padre de las Criaturas de la Oscuridad. El talismán usualmente está guardado en algún lugar secreto. Cuando Madre y Luana entraron desde el continente dentro de los ataúdes militares, Madre lo trajo escondido entre sus ropas. En las grandes ocasiones y ceremonias, se encastra en la custodia que remata un cayado ritual que lleva el Tatăl. Desde hace muchos años, Mater. Por imperio del Concilio, Luana. Y hoy, yo, su legado.

Sexton, el joven pater de los Bloody Sunset, se sometió al símbolo venerado y acató mis órdenes. Cerró los ojos y entró en contacto con toda su horda. Cesaron los ataques, finalizó el horror. La desolada Cheshire se hizo más taciturna aún. Poco a poco, los vampiros se fueron congregando en derredor. Las bocas les rezumaban sangre. Se los advertía todavía con los sentidos encendidos por la emoción de la caza. También llegaron mis conocidos, los acosadores del pequeño con el muñequito. Me miraron provocadores. Hubo un movimiento y algo voló por el aire. Un golpe seco conmovió el silencio. 

Despatarrado en el piso quedó el niño. Bajo el farol, su lividez enfatizaba la tragedia. Pobres miserables, no me retaban a mí, mero embajador, desafiaban el poder del talismán. Desafiaban a la Hermandad de la Noche. 

Es probable que haya rugido. Pero la furia no me dejó percibir otra cosa. Extendí el cayado y giré como un trompo a una velocidad pasmosa. Por un instante, pareció que nada había sucedido. Pero una a una, las cabezas de los sediciosos fueron rodando, hasta adornar el cuerpo sin vida del niñito torturado. Habían desconocido el signo último de nuestra esencia. Y eso se paga con la muerte. Me volví hacia Sexton, dispuesto a proseguir con el afilado trazo del sol negro. Pero no hizo falta. No me exhibió el cuello, pero tampoco transparentó emoción alguna por la pérdida de los suyos. Es probable que me hubiera ganado un enemigo de temer. Pero las tradiciones están para ser observadas y estos insolentes habían ignorado la más sagrada de todas: el talismán de la crisálida.

Había cumplido mi cometido. Cheshire estaba en paz. Era tiempo de volver. La batalla final estaba cada vez más cerca.



© Pablo Martínez Burkett, 2015

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martes, 9 de diciembre de 2014

EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA (XXXVIII): No es más que sangre



NO ES MÁS QUE SANGRE
Pero con más frecuencia se encamina directamente a su objetivo, vence por la fuerza y devora a su víctima en un festín.
Sheridan Le Fanu





Desde mucho antes del holocausto climático, la humanidad había olvidado cómo era matar para ganarse el sustento. Las muchedumbres apiñadas en ciudades irrespirables quizás sospecharan que aquello que se llevaban a la boca había sido parte de un ser vivo, pero daba igual, todo tenía el mismo gusto a plástico. La asepsia, los envoltorios, la ausencia de sangre humanizaban la ingesta. Si hasta el acto de faenar se había vuelto tarea de unos pocos. Mucha, muchísima gente, no sabía lo que era ver a un animal vivo, los animales era meras imágenes en ordenadores y algún libro nostálgico.


Pero aún peor, los criaderos, feed lot y tal, habían desplazado para siempre la necesidad milenaria de cazar. El trato igualitario había prohibido corridas de toros, cacería del zorro y otras felices tradiciones. Nadie, nadie, se tomaba ya el trabajo de estudiar los movimientos de la presa hasta volverse uno, hasta ser capaz de anticipar un giro en la carrera, una finta, una acometida. Nadie recordaba la agitación de aguardar, paciente, en un escondrijo, el corazón desmadrado en sienes y dedos, la vista obligada a proezas imposibles. Y el silencio. Y la respiración contenida antes del ataque. Y correr y correr y correr. Y el golpe mortal con la piedra, el palo, el puñal, la lanza, la bala, la mira telescópica. No se me escapa que las generaciones se las fueron ingeniando para estar cada vez más lejos de la sangre.

No los culpo. Los animales presienten la agresión. Huyen. Y si se los acorrala, se defienden, contraatacan, muerden, chillan, patean, se sacuden, no se rinden ni aún con el hierro abriéndoles la carne. No obstante la inutilidad de toda resistencia, la bravura del botín honra al cazador. Con los humanos pasa igual. Creen que pueden escapar. Y si finalmente son atrapados, en sus ojos siempre se puede ver el mismo destello: confían que en el último instante algo o alguien los rescatará. No creen que eso les esté pasando. No creen ser gente que merezca perecer. Porque se tienen por hombres probos, mujeres rectas a quienes protege una invisible cadena de causas y efectos que justifica la esperanza. El empeño por imaginar una trama donde hay algo más que mero azar es realmente conmovedor. Como conmovedor es que se amparen en silogismo tan claudicante. Sin embargo, una y otra vez, se mueren aguardando una salvación que no llega.

En estas cavilaciones me había extraviado al contemplar las calles de Cheshire. Los muertos se apilaban, desmadejados, rotos, la sangre pegoteada, las vísceras esparcidas, la carne desgarrada conformaban un magma hediondo. Como era la guerra, los jóvenes del Clan Bloody Sunset no tuvieron delicadeza alguna y atacaron olvidando acudir al mesmerismo. Las muecas en los guiñapos era demostración suficiente de la falta de piedad. Las Criaturas de la Noche buscaron que el dolor fuera intenso. Pero sobre todo, que el horror no tuviera límites.

Al doblar una esquina, nos topamos con una de las tantas escenas de barbarie deliberada: un joven vampiro yugulaba a un pobre desgraciado. Otros tres Hijos del Sol Negro miraban divertidos. No tenían la obligación de conservarlo ni convertirlo ni siquiera alimentarse. Ya iban ahítos de sangre y correrías. Mataban para experimentar. Mataban por placer. El homicida se incorporó para atestiguar desde mejor ángulo los momentos finales de su víctima. El hombre tenía los ojos vidriosos, un vagido inhumano iba perdiendo intensidad y un surtidor de sangre se apocaba desde la mordida pareada del cuello. Un último temblor empezó a sacudirlo. Las piernas sin control vibraban en espasmos enloquecidos mientras un charco nauseabundo se agigantaba bajo la cintura. Otro que perdía el control. Ajeno a la ignominia, incorporó la cabeza, quiso enfocarnos en un gesto desesperado. Enseguida, floreció la mirada de incredulidad, de despecho, de malograda esperanza. Y con un vómito de sangre se murió.

Los jóvenes vampiros rubricaron la faena con una risotada macabra y desaparecieron para continuar con el raid criminal. A lo lejos, alcancé a ver como una horda cebada ponía sitio a un pequeño que se abrazaba a un muñequito de algún superhéroe.

No quise saber más. Me senté en una escalera a llorar. De estas carnicerías sin sentido no hay regreso. Una vez que se libera al animal despiadado que hospedamos, todo se vuelve barbarie. Ya no hay honra. Ya no hay frenos inhibitorios. Da lo mismo atacar humanos que vampiros. La honra no reside más en la cacería sino en la acumulación de cuerpos.

Yo tenía que detener esa locura. Porque con el final de la raza humana también estábamos labrando el nuestro. 



© Pablo Martínez Burkett, 2014



Este es el trigésimo octavo capítulo del folletín por entregas "EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA", que abre con el cuento del mismo nombre y que prosigue con (2) "Los ojos de Luana"; (3) “Tiempos mejores”; (4) “Frutos de la tierra nueva”; (5) "Fotos"; (6) "Venator"; (7) "Tu madre te ha dicho que no"; (8) "La otra plaga"; (9) "El inesperado John Gillan"; (10) "El color de la nieve"; (11) "Presagios de tempestad"; (12) "La perla de la noche"; (13) "Las llagas del Efecto Caldero"; (14) "Fait divers"; (15) "El sabor del futuro"; (16) "Un souvenir del infierno"; (17) "Primera sangre en Barrio Chino"; (18) "Los Hijos del Sol Negro"; (19) "La sombra de Madre"; (20) "La ordalía de John Gillan"; (21) “El día de la insensatez”; (22) "La estrella de la venganza"; (23) "El pérfido Doctor Wong"; (24) "El camino de la ira"; (25) "El dulce sabor de la sangre"; (26) "El destino de una mirada"; (27) "Gambito"; (28) "El llanto de Milena"; (29) "Un sordo clarín llamando a batalla"; (30) "Carte blanche" ; (31) "Sombra y fuego"; (32) "Una visita de cortesía"; (33) "Sobre el trono del dragón"; (34) "Un golpe de efecto"; (35) "Escarmiento"; (36) "El último concilio", (37) "Fiesta"; (38) "No es más que sangre" y (39) "El talismán".



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jueves, 27 de noviembre de 2014

EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA (XXXVII): Fiesta


FIESTA
Por ahora, es el único remedio que puedo prescribir, pero deseo que cumpla mis instrucciones al pie de la letra. ¿Entendido?
Sheridan Le Fanu





Desde siempre, quienes deciden ir a la guerra son aquellos que no las pelean. Las arengas, las ofensas, los odios y las demandas son de los que gobiernan; las heridas, los sufrimientos, los bienes y la vida, son de los otros. En este caso no sería muy distinto. Aunque confiábamos en que el derroche de sangre estaría a cargo de los humanos, era claro que los fusiles de haces ultravioletas y, sobre todo, las granadas de moxibustión constituían un obstáculo que reclamaba obrar con astucia antes que coraje. De otra manera, sería un suicidio en masa.



Pero a nadie parecía importarle. Se había declarado la guerra. Se festejaba la inminente extinción de la humanidad. Finalmente ajustaríamos cuentas con esa feroz plaga cuya enemistad nos hostigaba por milenios.


Sin embargo, la efervescencia bélica del Consiliul había omitido considerar un detalle capital: si íbamos a la guerra con los humanos, si la orden era el exterminio definitivo: ¿de qué viviríamos una vez alcanzada la victoria? Porque si bien bestias y ganado oficiaron de último recurso en épocas de privación nunca fueron caza favorita. La sangre humana es nuestro alimento. Además, tras el holocausto climático, los animales sólo eran experimentos rudimentarios en laboratorios y clínicas. Eso sin contar con la incursión barbárica de Ikito en la sección británica del Genetic Research Institute cuando arrasó con todo ser vivo, salvo Cujo, el fidelísimo javato que la acompaña desde entonces.

Afortunadamente, la fría agudeza de Luana convenció a los pater familiae de acordar la coreografía. Se entretuvo un largo rato perorando sobre un general chino de la antigüedad (no pude retener el nombre). Las frases eran de una vigorosa actualidad, las transcribo aquí no sólo por su poder convictivo sino porque las enunció con un apasionamiento desconocido: “el buen general logra someter al enemigo sin darle batalla. La mejor victoria es vencer sin combatir. El general que gana una batalla hace muchos cálculos en su cuartel, considera muchos factores antes de entrar en batalla. Muchos cálculos llevan a la victoria, pocos cálculos llevan a la derrota. Un ejército victorioso gana primero y entabla la batalla después; un ejército derrotado lucha primero e intenta obtener la victoria después”. 

Se concertó diseñar una persecución y captura masiva de humanos, disponer los lugares para alojarlos, alimentarlos a fin de criarlos saludables y proteicos, facilitar la reproducción, minarles la voluntad para que no se subleven. Es cierto, se consideró la posibilidad de matar a todos y dejar unos pocos con vida. También se jugó con la idea de mantenerlos salvajes para conservar la emoción del acecho, pero mejor no arriesgar. Con el ser humano nunca se sabe. O sí. Son una calamidad. En poco tiempo se habrían organizado para resistir al mero rol de alimento. Mejor matarlos a todos, salvo a los que se acomodaran para subvenir las necesidades del colectivo.

Pero mientras se ultimaban los detalles para el futuro de la Hermandad de la Noche, los jóvenes vampiros se lanzaron a las calles sin ningún recato. Ahora que estábamos en guerra, los humanos ya no eran un río de sangre nutricia: eran las víctimas de una ordalía enloquecida.

Se consideró detener el ataque indiscriminado hasta que la logística estuviera ajustada. No obstante Luana ordenó que siguieran por un tiempo pero con tácticas de guerrillas. Pensaba valerse del terror. Y nada mejor que bandadas de Criaturas de la Oscuridad, atacando con furia homicida para retirarse, invisibles, dejando el tendal de cuerpos desgarrados y resecos.

Luana me comisionó para que vigilara que sus órdenes se cumplieran con rigor porque si las poblaciones se sentían en grave peligro, perderían el miedo y lucharían hasta el final. El terror era efectivo si la gente creía que era posible escapar. Fui hasta Cheshire, el centro de la efervescencia destructora.

Ni los desmanes cometidos por Ikito me habían preparado para lo que me tocó atestiguar.



© Pablo Martínez Burkett


Este es el trigésimo séptimo capítulo del folletín por entregas "EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA", que abre con el cuento del mismo nombre y que prosigue con (2) "Los ojos de Luana"; (3) “Tiempos mejores”; (4) “Frutos de la tierra nueva”; (5) "Fotos"; (6) "Venator"; (7) "Tu madre te ha dicho que no"; (8) "La otra plaga"; (9) "El inesperado John Gillan"; (10) "El color de la nieve"; (11) "Presagios de tempestad"; (12) "La perla de la noche"; (13) "Las llagas del Efecto Caldero"; (14) "Fait divers"; (15) "El sabor del futuro"; (16) "Un souvenir del infierno"; (17) "Primera sangre en Barrio Chino"; (18) "Los Hijos del Sol Negro"; (19) "La sombra de Madre"; (20) "La ordalía de John Gillan"; (21) “El día de la insensatez”; (22) "La estrella de la venganza"; (23) "El pérfido Doctor Wong"; (24) "El camino de la ira"; (25) "El dulce sabor de la sangre"; (26) "El destino de una mirada"; (27) "Gambito"; (28) "El llanto de Milena"; (29) "Un sordo clarín llamando a batalla"; (30) "Carte blanche" ; (31) "Sombra y fuego"; (32) "Una visita de cortesía"; (33) "Sobre el trono del dragón"; (34) "Un golpe de efecto"; (35) "Escarmiento"; (36) "El último concilio", (37) "Fiesta"; (38) "No es más que sangre" y (39) "El talismán".

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jueves, 20 de noviembre de 2014

EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA (XXXVI): El último Concilio



EL ÚLTIMO CONCILIO
Luego se unió a nosotros en el atrio grande donde nos habíamos reunido.
Sheridan Le Fanu


El Consiliul era la asamblea donde se decretaban las grandes directivas para los Hijos del Sol Negro. En el transcurso de los siglos se había reunido muy pocas veces y casi siempre a resultas de amenazas que ponían en riesgo la supervivencia de la especie. Únicamente podían asistir con voz y voto el pater familiae de cada clan originario. De hecho, el Consiliul siempre había sido regido por el Tatăl, el padre de las Criaturas de la Oscuridad. Hasta que llegó Madre, la primera mujer en ser admitida, y aún más, la primera en regir nuestros destinos.



Cursada la convocatoria, los pater familiae fueron prestos en arribar. Aunque Luana y su protégée tenían vedado el ingreso al recinto, Madre temía algún resurgimiento de los reclamos. No creo tener que recordar que hasta no hace mucho, voces aireadas requerían una urgente convocaría del Council, traducción que prescindía del rumano y fastidiaba mucho a Madre. Tanto como la implícita disputa en el liderazgo. Con el vértigo de los últimos tiempos, parecía que fue hace una eternidad que los clanes resentían a Luana y su regencia de facto así como los desbordes de la pequeña Ikito. Si entonces, la posibilidad de una alianza entre el gobierno y la mafia china los tenía revolucionados, ahora, que era una realidad, todas las querellas pretéritas se habían olvidado.

Con gran ceremonia se cerró la puerta, todos tomaron sus puestos y se declaró constituida la asamblea. Madre dio un breve discurso, reseñando los acontecimientos recientes, haciendo foco en los éxitos de la alianza genocida, en particular, los fusiles de haces ultravioleta y las granadas de moxibustión. No hizo falta abundar en detalles pues todos estaban más que al corriente de los estragos. Estaban aterrados hasta la inmovilidad. Era imperativo votar un curso de acción pero para respetar las formas milenarias, se abrió el debate respecto del único punto del orden del día. Como secretario de actas puedo garantizar que se sucedieron discursos sinceros y en algunos casos, hasta de una valiosa elocuencia. 

Unos pocos, más ocupados en justificase con la posteridad, abogaron por obrar con el sigilo habitual de los vampiros y desaparecer transitoriamente. Pronto la endeblez (por no decir cobardía) de los argumentos acalló la idea de un eclipse voluntario. A su turno, los veteranos propusieron un acuerdo pacificador a cambio de disponibilidad irrestricta de sangre artificial. El silogismo no era malo: sin enemigos no hay batalla pero todos sabíamos que los humanos estaban determinados a extinguirnos. Era regalarles la iniciativa y quedar a su merced. Los más jóvenes fueron prácticos: guerra total, guerra de aniquilación. Aún los timoratos tuvieron que rendirse ante la fuerza de la evidencia: la Hermandad de la Noche enfrentaba el riesgo de un final ignominioso. Si los fusiles de haces ultravioleta eran de temer, las granadas de moxibustión eran garantía de catástrofe.

Finalmente, se cedió el uso de la palabra al pater familiae de los Bloody Sunset, como se conocía al populoso clan con asiento en Cheshire, quien, sin ahorro de énfasis alguno, reclamó la erradicación definitiva del género humano, ese verdadero virus incapaz de cualquier convivencia. El holocausto climático, causado por el egoísmo y la desidia, los había puesto al borde de la extinción. Los animales y otros seres vivos no tuvieron tanta suerte. En su hora, se desaprovechó la oportunidad para instaurar el reinado de los vampiros. Un exceso de cautela imperdonable. Una vez más, los humanos eran un peligro criminal para su entorno y este era el momento de remediarlo. Definitivamente. 

Para recoger las deliberaciones y sentido del voto, no pocas veces tuve que recurrir al auxilio de traductores porque el arduo rumano me resultaba intransitable pero esta última alocución, en perfecto inglés, me dejó perplejo. Pero no sería la última sorpresa. El jovencísimo pater propuso que Luana fuera la comandante suprema de las acciones, a cuyos fines mocionaba para que se le concedieran poderes extraordinarios. En sufragio de propuesta tan sorprendente, alegó que la hija favorita de Madre había exhibido una notable capacidad de adaptación a las necesidades de la época y que había sido la única en anticipar la coalición forjada entre el pérfido Rainmaker y el DCI Nakasawa. La asamblea quedó conmovida por la gravedad y contundencia de una exposición sin fisuras. Se pasó de inmediato a votación. Ganó por una abrumadora mayoría y sólo un par de abstenciones.

Con no poca malicia quisiera señalar los efectos reconciliadores del miedo: hasta no hacía mucho, los clanes reclamaban la reunión del Council para ejercer un voto de censura contra Madre, invocando la irresponsable displicencia de Luana y los excesos de Ikito. Ahora, decidían nombrarla adalid de nuestra resistencia. Un ujier la llamó al seno del recinto. Impuesta de la decisión, el rostro impasible de Luana apenas si podía contener el asombro. El oscilar del mechón cano la delataba. Madre desbordaba de orgullo, ya no le importaba disimular. 

Cuando se acallaron las felicitaciones, gritos de combate y exhibición de colmillos y garras, se ungió a Luana con pompa y boato propios de los tiempos antepasados. La guerra sería ardua, sin dudas. Los humanos ya habían dado muestras de su determinación homicida. Pero no podrían doblegarnos, organizados ahora, bajo el mando de tan perspicaz paladín. 

No obstante los vampiros siempre esquivamos el amanecer, todos creímos asistir a la alborada de un futuro venturoso. Regado con sangre, claro. La sangre de toda la humanidad.



© Pablo Martínez Burkett, 2014



Este es el trigésimo sexto capítulo del folletín por entregas "EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA", que abre con el cuento del mismo nombre y que prosigue con (2) "Los ojos de Luana"; (3) “Tiempos mejores”; (4) “Frutos de la tierra nueva”; (5) "Fotos"; (6) "Venator"; (7) "Tu madre te ha dicho que no"; (8) "La otra plaga"; (9) "El inesperado John Gillan"; (10) "El color de la nieve"; (11) "Presagios de tempestad"; (12) "La perla de la noche"; (13) "Las llagas del Efecto Caldero"; (14) "Fait divers"; (15) "El sabor del futuro"; (16) "Un souvenir del infierno"; (17) "Primera sangre en Barrio Chino"; (18) "Los Hijos del Sol Negro"; (19) "La sombra de Madre"; (20) "La ordalía de John Gillan"; (21) “El día de la insensatez”; (22) "La estrella de la venganza"; (23) "El pérfido Doctor Wong"; (24) "El camino de la ira"; (25) "El dulce sabor de la sangre"; (26) "El destino de una mirada"; (27) "Gambito"; (28) "El llanto de Milena"; (29) "Un sordo clarín llamando a batalla"; (30) "Carte blanche" ; (31) "Sombra y fuego"; (32) "Una visita de cortesía"; (33) "Sobre el trono del dragón"; (34) "Un golpe de efecto"; (35) "Escarmiento"; (36) "El último concilio", (37) "Fiesta"; (38) "No es más que sangre" y (39) "El talismán".


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martes, 19 de agosto de 2014

EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA (XXXV): Escarmiento


Luego le cortaron la cabeza, y del cuello seccionado brotó un chorro de sangre.
Sheridan Le Fanu
Los guardias apostados en la puerta no advirtieron que en esa muchedumbre aleteaba la muerte. Mucho menos que como ellos, tendría ojos rasgados y piel amarilla. Unos pocos chinos recién convertidos fingían jugar frente a la reja principal entre risotadas y chistes obscenos. Cuando con indolencia, la seguridad salió a dispersarlos, las Criaturas de la Noche se dieron un festín. Mientras tanto, dentro de los jardines pasaba lo mismo y sombras feroces se descolgaban de techos y paredes. Todos los cerrojos y sistemas de seguridad fueron removidos uno a uno y pronto los defensores se vieron desbordados por el contingente de vampiros. Gente eficiente estos chinos: pilas de cuerpos desangrados jalonaban su paso. En no más de cinco minutos habíamos irrumpido en el antiguo castillo del Dr. Hsiao Mi.
El Dr. Hsiao Mi era un químico extraordinario, un profesor varias veces galardonado con premios internacionales, autor de libros imprescindibles en materia de genética avanzada. ¿Su especialidad? La réplica de ADN artificial. Tras el holocausto ambiental, la mayoría de seres vivos se habían extinguido o tenían alteraciones que impedían su reproducción. La supervivencia de la humanidad dependía de la urgente restauración del equilibrio. En todas partes se trabajaba para sintetizar las cadenas biológicas. El Dr. Hsiao Mi era el más exitoso y efectivo. De hecho, los animales arrasados por Ikito y su horda salvaje en el Genetic Research Institute eran fruto de su investigación. Pero también el Dr. Hsiao Mi era el verdadero cerebro detrás de las granadas con cera artificial y polvo de raíz de artemisa. Mientras el malogrado y no menos falso Dr. Wong distraía a la Pequeña con infinitas postergaciones y despistes, el genetista conseguía el elemento aglutinante capaz de engendrar las bombas que alteraban la circulación de la energía vital y convertían a los vampiros en una tea ardiente. Huàn yǔ wūshī, el jefe de la mafia china, lo había atraído a la senda del delito pagando fortunas incalculables. La fortaleza que ahora Luana rendía tras corto sitio era uno de los tantos beneficios que había obtenido al vender sus conocimientos al crimen organizado.
Después de la concienzuda carnicería de guardias y personal doméstico, sólo quedaban el propio doctor; su esposa, la gimnasta olímpica Chiao Mei y su hija de pocos años, la asustada Yen. A su alrededor, en un arco cerrado, aguardaban los serviles orientales con las fauces ensangrentadas. Luana se abrió paso. Detrás de ella pasamos Ikito y yo. Con palabra amable pero firme le hizo saber el propósito de nuestra visita:
1. Obtener el antídoto para las bombas de moxibustión;
2. Identificar el laboratorio donde se producían y
3. Dar un escarmiento.
Probablemente el químico sospechara este último objetivo porque estaba arrodillado, con los brazos por detrás y atado por los codos. Declaró que no existía antídoto y que desconocía la locación de la fábrica. Después, trató de negociar la vida de su esposa e hijita, que se abrazaban ateridas en un rincón. Luana pareció acceder. Se acercó a ambas mujeres, les tendió la mano. Pero repentinamente algo cambio y arrastró de los pelos a la deportista. La niñita empezó a llorar, gritando. La desdichada chillaba también. El hombre aullaba, lloraba, amenazaba, maldecía, imploraba. Luana situó a la mujer frente a su esposo, los chinos lo sostuvieron para que no perdiera detalle. El movimiento fue brutal como inesperado: la tomó por la cabeza y le hundió los dedos en los ojos hasta hacerle estallar el cerebro. La dejó caer como un muñeco de trapo. Con el ceño aún fruncido por el esfuerzo ordenó con la mirada a su pequeño ejército, que no dejó una gota de sangre en el guiñapo humano. El Dr. Hsiao Mi echaba espuma por la boca. La diminuta Yen había entrado en un estado catatónico. No puedo decir que la sangre y la violencia me resulten ajenas, pero nunca hasta ahora me había visto precisado a considerar mi posición frente a la tortura que una cosa es su discusión en abstracto y otra muy distinta, atestiguarla. Sin embargo, la dinámica de los hechos no me dio tiempo para seguir con tales disquisiciones.
Los esbirros asieron al Dr. Hsiao Mi por las extremidades y con despojada saña le clavaron bajo las uñas unas astillas de bambú previamente sumergidas en agua. Si el dolor de por sí tiene que ser intolerable, a medida que se hinchaban fue evidente que se tornó algo imposible de sobrellevar. El doctor se orinó en los pantalones y un vagido que quería ser un insulto le hacía globitos de espuma en la boca. Se desmayó. Pronto lo despertaron de mala manera.
Cuando fue capaz de entender, Luana le anunció que toda la generosidad que podía esperar de ella ya se había agotado con la muerte de su esposa, rápida y casi, enfatizó el casi, sin dolor. Que este suplicio inventado por sus ancestros lo experimentaba para anticipar en carne propia lo que iba a sufrir su hija. El Dr. Hsiao Mi alcanzó a enfocar a su pequeña, todavía rígida y absorta de espectáculo tan aterrador. Comprendió que las lealtades se resquebrajan muy pronto cuando se juegan otras cartas. Accedió a decir la verdad a cambio de una muerte incruenta para ambos. A mi vera, Ikito negaba con la cabeza.
Luana reiteró las preguntas pero con un tono que anunciaba impaciencia. Las respuestas fueron honestas. Efectivamente las granadas de cápsulas pegajosas no tenían antídoto. Una vez desatado el desbalance de la energía vital, los vampiros alcanzados por la moxibustión se convierten en una bola de fuego sin que nada pueda evitarlo. El Dr. Hsiao Mi se envalentonó con esta desigual victoria. De alguna manera sonrió mientras daba la locación precisa de la fábrica de las bombas, en medio del Barrio Chino, custodiada por la elite de las Triádas y los mejores elementos de la División Roja de la New Scotland Yard. El recuerdo de su padre, el DCI Nakasawa, enfureció aún más a una inquieta Ikito que musitó algo al oído a Luana. Si conozco a la Pequeña, debe haber reclamado para sí la matanza final. Luana volvió a ordenar con la mirada a sus secuaces. Con efectividad de hormigas, los chinos empezaron a vaciar la estancia hasta dejarla sin muebles. No quedó ni un papel en el piso.
El Dr. Hsiao Mi respiraba con dificultad mientras contemplaba atónito el vaciamiento de enseres y efectos. Ikito se acercó a la niña. Hizo un giro vertiginoso sobre sí misma, el brazo derecho extendido, lo mismo que el dedo meñique. Cuando volvimos a ver a Yen comprobamos que una línea roja le recorría todo el cuello. El tajo era profundo como para que brotara sangre pero insuficiente para provocar una muerte inmediata. La chiquilla recobró el sentido, abrió grande los ojos, la boca se le crispó en un grito silencioso y después se llevó las manos a la garganta, que se le tiñeron de rojo. Luana se aproximó al padre que agradeció morir así sin tener que presenciar el desenlace del tormento. Imparable, nombró todas las veces que había sido infiel, sus faltas como padre, las prolongadas ausencias laborales, la obsesión profesional, el enriquecimiento ilícito, todas las muertes que causó. Me impresionó mucho lo último que dijo: -Sé que cuando uno elige, tiene que afrontar las consecuencias de su elección. Sé que merezco morir.
Finalizado el discurso, la más excelsa de los Hijos del Sol Negro lo mordió con fuerza. Hubo un chasquido y el goloso borbotar de la sangre. Luana se hartó de sorber pero no lo mató sino que, en el último instante, lo convirtió en vampiro. Bien sé yo de la voracidad homicida que se apodera de un recién convertido. Es brutal, es abrumadora. Es irresistible.
¡Ay Luana y su amor por los detalles! Por eso los chinos sacaron todo de la habitación. Para que no quedara nada que le permitiera suicidarse antes que responder al llamado de la voraz ansiedad que le quemaba las venas. Nos fuimos y los dejamos encerrados, a los dos, padre con novedosa sed de sangre, hija con el cuello sajado. Pronto el más bestial de los escarmientos se habrá consumado.

© Pablo Martínez Burkett, 2014



Este es el trigésimo quinto capítulo del folletín por entregas "EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA", que abre con el cuento del mismo nombre y que prosigue con (2) "Los ojos de Luana"; (3) “Tiempos mejores”; (4) “Frutos de la tierra nueva”; (5) "Fotos"; (6) "Venator"; (7) "Tu madre te ha dicho que no"; (8) "La otra plaga"; (9) "El inesperado John Gillan"; (10) "El color de la nieve"; (11) "Presagios de tempestad"; (12) "La perla de la noche"; (13) "Las llagas del Efecto Caldero"; (14) "Fait divers"; (15) "El sabor del futuro"; (16) "Un souvenir del infierno"; (17) "Primera sangre en Barrio Chino"; (18) "Los Hijos del Sol Negro"; (19) "La sombra de Madre"; (20) "La ordalía de John Gillan"; (21) “El día de la insensatez”; (22) "La estrella de la venganza"; (23) "El pérfido Doctor Wong"; (24) "El camino de la ira"; (25) "El dulce sabor de la sangre"; (26) "El destino de una mirada"; (27) "Gambito"; (28) "El llanto de Milena"; (29) "Un sordo clarín llamando a batalla"; (30) "Carte blanche" ; (31) "Sombra y fuego"; (32) "Una visita de cortesía"; (33) "Sobre el trono del dragón" y (34) "Un golpe de efecto".
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viernes, 1 de agosto de 2014

EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA (XXXIV): Un golpe de efecto


Llegué allí y mi asombro no tuvo límites.
Sheridan Le Fanu





Que llegara solo no era buena señal. Las Criaturas de la Noche se fueron apartando en mi derrotero hasta Madre. Junto a ella estaba Luana que mi me miró. No sé qué es peor si su enojo o su desdén. Tomó la granada de moxibustión que habíamos robado y se marchó. De todas las órdenes que me dio fue la única que pude cumplir. En las demás, fallé en todas. Volví sin Ikito y peor aún, sin Milena. Milena, Milena… no puedo imaginar por qué se ofrendó y menos aún, que lo hiciera por quien la había mancillado y expuesto de forma tan artera con aquel episodio de las mellizas eslavas. Pobre Milena, tan fiel, tan valiente. Tan tonta.


Madre recibió mi informe detallado sobre el ataque de la pandilla de Ikito a los cuarteles de la mafia china. Relaté la embestida contra los fusiles de haces ultravioletas, ciertamente fatales, pero no lo suficiente como para prevenir el furor de la horda homicida. Describí sin ahorro de énfasis alguno los estragos causados por las granadas con polvo de artemisa y la pavorosa combustión que arrebataba a los vampiros hasta desvanecerlos consumidos por una bola de fuego. No se lo merecía, pero por pudor, omití mencionar que en medio del aquelarre criminal, Ikito se hizo tiempo para fornicar con Huàn yǔ wūshī. Simplemente mencioné que mientras se distraía en uno de sus habituales jueguitos de seducción, el cínico Rainmaker accionó un mecanismo secreto que disparó una flecha emponzoñada con el fatal polvo de artemisa.

Aunque trataba de exhibir serenidad, en el rostro de Madre campeaba la preocupación. Los que tenían menos dominio de sí gritaban incómodos y asustados. Algunos empezaron a reclamar la inmediata convocatoria del Consiliul. Otros, que era momento de rendirse o desaparecer hasta que todo se calme. Todos coincidían en que, de las acechanzas milenarias que hubo que enfrentar, esta era la más tremenda porque acarreaba la extinción.

Por un instante me abstraje de las discusiones entre cobardes y prudentes. Recordé mis tiempos de hombre, la enfermedad en la sangre que me había puesto al borde de la muerte. Y el rescate en los salvíficos colmillos de Luana. Y ser inmortal. Y alimentarme con la sangre de otros. Y disfrutarlo con loco frenesí. Formar parte de un clan, de la Hermandad de la Noche. Y ahora imaginar que era posible morir otra vez. Por un haz ultravioleta, por una granada del polvo dorado. Imaginar que mi reverdecido sistema circulatorio volvía a colapsar hasta convertirme en una pompa incandescente, como Milena... Era lógico que los Hijos del Sol Negro mostraran tanta preocupación: la costumbre de una existencia centenaria o aún más los había reblandecido. Ya no recordaban ninguna nota de humanidad. Pero yo… 

El hilo de mis pensamientos y el murmullo de la concurrencia se extinguieron de golpe. Luana hizo su aparición. Solitaria, distante, inmensamente bella. Caminaba abriéndose paso entre la muchedumbre, pero sus pies parecían no tocar el suelo disimulados en el capote arremolinado. El mechón encanecido le enmarcaba aún más las facciones de sereno triunfo. Hasta Madre la miró con alguna curiosidad. Pero la Regente de las Criaturas de la Noche se limitó a hacerle una leve reverencia, luego giró sobre sus talones y aplaudió dos veces. El portalón del fondo se abrió con estrépito de gozne antiguo y alcanzamos a divisar que el patio estaba atestado de gente. Esa presencia multitudinaria nos llenó de recelo. Pero Luana avanzó hacia la silente aglomeración y nosotros detrás de ella. A medida que nos acercábamos, nos paralizó un terror insano al comprobar que ese ejército de estatuas eran todos chinos. Nos sentimos traicionados. Nos preparamos para lo peor. Creímos que el final era inminente. Luana giró una vez más y nos enfrentó con esa sonrisa única. Estaba burlándose de nuestros temores atávicos. 

Con voz firme y narcótica, nos recordó la decisión de ir a una guerra total con las Triadas chinas, el plan acordado para desplazarlos en el control del mundo subterráneo. Y ratificó la idea original de aniquilar a la gran mayoría y convertir a un mínimo remanente para tareas menores. Hasta tuvo un rapto de humor al admitir que si era por ella, no dejaba uno vivo pero reconoció que las circunstancias aconsejaban tener un ejército bien dispuesto.

-¡Estos son nuestros nuevos aliados!- arengó con genuino júbilo y respondiendo al ademán ampuloso de Luana, los chinos salieron de su apocamiento y gritaron al unísono, exhibiendo una dentadura aserrada de nuevos vampiros.

No salíamos de la estupefacción. Dudábamos entre festejar o inquietarnos. Pero aún faltaba el último golpe de efecto: entre las filas se percibió un reverberar de patitas correteando. Olisqueando el aire apareció Cujo, el javato vampirizado. Y luego, desafiante, solemne, su dueña, la Pequeña Ikito. Hasta los chinos alborotados se callaron.

¿Qué clase de confabulación se gestaba?



© Pablo Martínez Burkett, 2014

Este es el trigésimo cuarto capítulo del folletín por entregas "EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA", que abre con el cuento del mismo nombre y que prosigue con (2) "Los ojos de Luana"; (3) “Tiempos mejores”; (4) “Frutos de la tierra nueva”; (5) "Fotos"; (6) "Venator"; (7) "Tu madre te ha dicho que no"; (8) "La otra plaga"; (9) "El inesperado John Gillan"; (10) "El color de la nieve"; (11) "Presagios de tempestad"; (12) "La perla de la noche"; (13) "Las llagas del Efecto Caldero"; (14) "Fait divers"; (15) "El sabor del futuro"; (16) "Un souvenir del infierno"; (17) "Primera sangre en Barrio Chino"; (18) "Los Hijos del Sol Negro"; (19) "La sombra de Madre"; (20) "La ordalía de John Gillan"; (21) “El día de la insensatez”; (22) "La estrella de la venganza"; (23) "El pérfido Doctor Wong"; (24) "El camino de la ira"; (25) "El dulce sabor de la sangre"; (26) "El destino de una mirada"; (27) "Gambito"; (28) "El llanto de Milena"; (29) "Un sordo clarín llamando a batalla"; (30) "Carte blanche" ; (31) "Sombra y fuego"; (32) "Una visita de cortesía"; (33) "Sobre el trono del dragón"; (34) "Un golpe de efecto"; (35) "Escarmiento"; (36) "El último concilio", (37) "Fiesta"; (38) "No es más que sangre" y (39) "El talismán".