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martes, 12 de julio de 2016

EL AUTOR INVITADO: Cristina Jurado / Alejandro Colucci


Foto de Alejandro Colucci

EL TAPIZ



Hace ya muchas alfombras, un Viejo Persa se despertó una mañana y decidió crear el tapiz más poderoso del mundo. Era un artesano consumado al tiempo que un enjundioso investigador de conocimientos ancestrales, una combinación más que propicia para el bien de esta historia.
Pasó innumerables días inclinado sobre el telar mientras que ocupó sus noches en el estudio de los rollos antiguos y los pergaminos esotéricos. Trabajó con ahínco para crear La Maravilla, pensando que el concilio de sus dos pasiones alumbraría un objeto único, tan bonito como el tejido de sus manos, tan docto como la trama de su sapiencia. No era una alfombra para ser admirada desde lejos sino para ser pisada. Larga como una galera, pero sólo de siete pies de ancho, se asemejaba a un extenso camino habitado por estampados de exquisita hechura que, sin embargo, escondían los secretos de una Sabiduría Antigua. Siete años le llevó terminar su trabajo.
Cuando el Viejo murió, rico y celebrado en los obituarios, la alfombra quedó olvidada en su cámara mortuoria, sepultada en lo profundo de los cimientos de la ciudad persa donde había vivido. Muchos años después, ladrones callejeros irrumpieron en la tumba subterránea, robaron La Maravilla y se la vendieron a un funcionario de la Compañía de las Indias Orientales que, preciso es decir, tenía vínculos con el negocio de la hotelería en Londres. Con sumo cuidado, la alfombra se instaló en la planta superior del Clairmont, un hotel muy de moda. Se instruyó al personal para que accediera a las habitaciones por los pasillos laterales, de tal suerte que el corredor principal, dónde yacía el maravilloso tapiz, permaneciera sin mancha alguna hasta la inauguración.
No obstante, en todos los años en que el Clairmont ha estado abierto, nadie ha ocupado las lujosas suites de la última planta. Y no porque no hayan reservado sus habitaciones pero, tan pronto como llegan los huéspedes y ven el corredor, cambian de opinión y solicitan alojarse en los pisos inferiores. Es como si los intrincados diseños y los colores brillantes proyectaran sombras en la mente de todos y, por eso, el piso superior del Clairmont está casi siempre vacío. Los encargados de mantener su integridad textil y proceder a la limpieza y cuidado de la alfombra, usan protectores sobre los zapatos, los mismos que emplean los médicos en las cirugías, de modo que la alfombra es una virgen que aguarda. Nunca caminada por nadie, nunca tocada por la piel humana, sólo conoce la sensación del plástico y el caucho.
Algunos huéspedes de la planta de abajo han reportado ruidos extraños procedentes del techo. Por más cuidadosas que han sido las inspecciones, no se ha podido extraer ninguna conclusión definitiva, pero rumores esparcidos por empleados despedidos han revelado que se escucha como si alguien profiriese hechizos en un ininteligible persa.
El Clairmont se ha convertido en un santuario para los viajeros que buscan lugares extraños. La gerencia, mostrando un gran sentido de la oportunidad empresarial, ha organizado tours temáticos que permiten tomar fotografías durante los treinta segundos que las puertas del elevador permanecen abiertas. Hay que decir que la alfombra luce tan limpia como el día en que el Antiguo Persa enlazó el último nudo.
En cuanto al nivel de poder acumulado en los bucles de diseño geométrico o las maravillas que podrían elevar a la humanidad, nadie sospecha que... si tan sólo un paso de carne fuera dado sobre la alfombra.



© Cristina Jurado, “The carpet”, original en inglés.

© Pablo Martínez Burkett, traducción al español

Cristina Jurado (Madrid, 1972) es Licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas por la Universidad de Sevilla, cuenta con un Master en Retórica de Northwestern University (USA) y vive en Dubai (Emiratos Árabes Unidos). En 2012 publicó su primera novela, Del Naranja al Azul (Novum Publishing), que se reeditará en 2016 con Palabaristas, a la que siguieron relatos en diversas antologías y fanzines del género: el relato “Un dragón en mi bandera” ha parecido en la antología “Historias del dragón” (Kelonia); el cuento “El pastor” se incluye en Retrofuturismos. Antología Steampunk (Nevsky), y traducido al inglés como “The shepherd”  en la antología The Best of Spanish Steampunk de la misma editorial; el relato “Antonio Benjumea” está contenido en Crónica de Tinieblas (Sportula), editado por Eduardo Vaquerizo, y fue nominado al mejor relato en los premios Ignotus 2015;  el relato “Out of Context” puede leerse en la antología Los Irregulares de la editorial Cazador de Ratas. Su blog Más ficción que ciencia trata sobre las novedades literarias y cinematográficas del género. Su cuento “Haitzlurra” forma parte de la antología Retrofuturo de la editorial Cazador de Ratas que será publicada en verano de 2016 y su relato Vanth, ilustrado por Ana Galvañ, será el primero en aparecer en 2016 en el sello Pulperías, organizado por Sisterhood  Madrid. Es editora de Alucinadas (Palabaristas), la primera antología de relatos de ciencia ficción escritos por mujeres en español que, traducida al inglés, se presentará en otoño de 2016 bajo el título Spanish Women of Wonder. Es editora en jefe de la revista SuperSonic, dedicada a publicar ficción y no ficción sobre literatura de género, y está preparando la antología White Star (Palabaristas), basada en el universo de David Bowie para finales de 2016.

Alejandro Colucci (Montevideo, 1966) es un ilustrador y portadista uruguayo. En 1990 da inicio a su carrera profesional trabajando como ilustrador y diseñador gráfico en varias agencias de publicidad, y colaborando como ilustrador en medios gráficos culturales de su ciudad natal. Desde 2002 vive con su esposa e hijos en Europa y es ilustrador freelance. Su trabajo ha sido publicado por importantes grupos editoriales de Europa y USA. Sus obras más destacadas se encuentran en las portadas de las novelas de Anne Rice, la saga criminal de El Padrino de Mario Puzo, Michael Moore, César Vidal, Katherine Neville, Tom Wolfe, James Ellroy, C.S. Lewis, etc. También ha ilustrado cartas coleccionables y libros del juego de rol Vampiro: la mascarada, destacando su aspecto gótico y un interesante manejo de luces y sombras. Sus portadas e ilustraciones se encuentran en el mercado editorial de España, y en libros de Estados Unidos, Francia, Italia, Alemania, México, Portugal, Argentina y Polonia.

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miércoles, 14 de octubre de 2015

EL AUTOR INVITADO: Fernando José Veglia























JOVEN CABALLERO (*)



Bla, ble, bli, blo, blu, ¡Bla! ¡Blablá! Hace mucho, mucho tiempo, conocí una doncella. Desde la almena de la torre en la que estaba prisionera me gritó: “Caballero, los hombres hacen de las palabras que conocen sus inexpugnables castillos”. Sorprendido por aquella declaración, grité: “No se preocupe hermosa doncella, he venido a liberarla”. Desmonté, me quité la pesada armadura y escalé la torre dificultosamente. La doncella no estaba contenta de mi heroica acción, miraba mis ojos con odio de huérfana. Desconcertado pregunté: “¿Qué pasa? En tus ojos sólo veo odio. Arriesgué mi vida escalando esta torre ¿Acaso no deseabas ser rescatada? ¿No eres víctima de un hechizo? ¿Prisionera de un dragón?” Con más odio me miró, dijo enfurecida: “Acaso no has escuchado lo que he dicho. No estoy en esta torre para ser rescatada. La he levantado con mis palabras, desde aquí veo el mundo sin necesidad de viajar en todas direcciones” No respondí; avergonzado, herido en el orgullo, me fui.

Cabalgué largas horas a través de un hermoso valle, los margaritones alegraban mis ojos y el cielo mostraba su mejor rostro. “Buena señal”, me dije. Era un joven caballero, el desaire de una doncella no desanimaría fácilmente mi férrea voluntad. Abandoné el frustrante episodio en el laberinto de la memoria, y juré acudir al primer pedido de socorro sin vacilar.

Un poderoso castillo, clavado en la cima de una colina, invitábame a probar mi valentía. El puente levadizo estaba bajo, las inmensas puertas de madera abiertas de par en par, un enorme foso vacío rodeaba la construcción. Nadie me recibió, ni anunció mi llegada. Deduje que el lugar estaba abandonado a causa de una peste, o de una invasión enemiga.

Desmonté en el patio principal, dispuesto a explorar cada dependencia a pie, pero un grito misterioso me obligó a desenfundar la espada: “¿Quién eres?” “Soy un caballero que ha jurado hacer el bien. ¿Tú quién eres?”, pregunté. Las puertas del establo crujieron al abrirse lentamente. Un hombre, de un metro cincuenta de estatura, pelirrojo, barbudo y vestido con una capa que envolvía todo su cuerpo, me sorprendió, exigiendo: “Inclínate ante el rey de Yolosé”. No cuestioné su pedido, arrodillado ante el pequeño hombre, besé su mano.

―¿Qué ha pasado con tu reino? ― pregunté.

― Este es mi reino ¿No lo ves? Lo he construido con mis propias palabras, desde los cimientos…

― Pero no hay súbditos, juglares, nobles… ¿Y tu reina?

― Mi reina vive en su castillo. No necesito súbditos, nobles, ni juglares. No necesito sus palabras…

― No entiendo ¿Qué valor puede tener tu palabra si no la compartes con nadie? Eres el rey de un reino muerto…

― Joven caballero… mi reina, los nobles, los súbditos y los juglares han construido sus moradas… algunos tienen castillos y otros humildes casas. Todo depende de las palabras ―contestó con impaciencia.

― Comprendo… pero eso no explica la soledad de este reino…

― ¡Tras los muros de nuestras palabras juzgamos el mundo! ―respondió con fastidio y señaló la puerta, invitándome a salir de su castillo.

Me fui sin saludar, pensando en no regresar jamás. Una doncella que no quería ser rescatada, un rey sin reina, ni reino. Era demasiado. Sentencié porfiadamente que el día no culminaría sin que yo, Pedro Della Cabeza, realizara una buena acción.

El camino de la montaña era estrecho y tortuoso, cuando llegué al llano agradecí la fidelidad de mi caballo, ambos necesitábamos descansar. Caminé entre los inmensos robles de un bosque interminable, hasta que vi las chozas de lo que parecía un mísero poblado. Supuse que era acosado por un recaudador de impuestos. Me presenté ante el primer hombre que crucé, le propuse me diera albergue y alimento a cambio de mis servicios. Todos los habitantes del lugar me rodearon; el jefe, un hombre robusto, de rulos negros como el carbón y mirada bondadosa, me dijo:

― No te necesitamos, caballero.

― ¿Por qué? Están vestidos con harapos, sus chozas son de paja. Este pueblo parece una aldea bárbara…

― Lo que ves es lo que hemos podido construir, el recaudador de impuestos nos quita demasiado oro por pocas…

― Pídeme que haga justicia y le cortaré la cabeza, con el oro que ahorrarán levantarán una ciudad…

― No, joven caballero. Eso sería una locura, el recaudador a cambio del oro nos da las palabras, con las cuales construimos nuestros hogares. Somos ignorantes, si lo matas ¿Quién nos dará palabras? ¿Tú? Otro recaudador vendrá…

― Pídeme que lo castigue para que el pago sea justo…

― Entonces, cuando te vayas, nos dará palabras vulgares, condenándonos a la ignorancia. Vete, caballero; no hay lugar para ti…

Al borde de la ira, caminé hasta un claro del bosque y encendí una fogata. Enterré la pesada armadura al pie de un roble. Quité todas las ataduras a mi fiel caballo y lo liberé dándole un chirlo en las ancas. En el centro del claro, señalé el cielo con la espada y la clavé en el suelo, gritando: “Me has engañado, ¿de qué sirve ser un caballero errante, que por obra debe hacer el bien, si no hay doncellas que rescatar, reinos que salvar o campesinos que ayudar?”. Lloré abrazado a mi espada y una lágrima corrió por su afilada hoja hasta sumergirse en la tierra herida.

De la herida nació una dama blanca como la nieve, de rostro calmo y mirada celeste, desenterró la espada y dijo: “Joven caballero, nadie te ha engañado, toma esta flauta, ve de reino en reino, recitando los versos que tu corazón manda y verás cómo, en poco tiempo, logras hacer el bien sin tu espada”.

Así fue: rescaté bellas doncellas de sus palabras, regalé cuanta palabra pude a los campesinos de todos los feudos, las distancias de un reino a otro se acortaron con mis versos y hasta los prejuicios huyeron.


© Fernando José Veglia

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(*) Relato incluido en el libro Líneas (Ed. de los Cuatro Vientos, 2005)



FERNANDO JOSÉ VEGLIA






Nací el 01 de Marzo de 1979 en la Ciudad de Bs. As., vivo en Isidro Casanova, partido de La Matanza, Bs.As. Mi relación con las letras comenzó en la escuela secundaria; obtuve la 3era mención de las Novenas Olimpiadas Federales “Vivencias Estudiantiles ´96”. A pesar de las advertencias, me decidí a editar mi primer libro en el año 2005: “Líneas” Ed. de los Cuatro Vientos. Tiempo después me arrepentí y continué corrigiendo los textos. Creo que corregiré todo lo que escriba hasta que muera. Participé, en el stand “Escritores Matanceros”, de la feria municipal del libro del año 2008 al 2010. Resulté finalista del concurso nacional de cuentos cortos de la editorial “Autores de Argentina” (2013) y ganador del concurso de relatos policiacos de la Semana Negra de Gijón (2015) con el relato “Culatero”. Fui parte de las siguientes antologías de editorial Dunken: “Manos que cuentan” 2008, “Habitar en secretos” 2009, “Mundos desnudos” 2010, "Selección de las provincias" 2012, "Magia registrada" 2013, "...El diálogo nos amontona" 2014, de la antología del “III Concurso de Relatos Cortos de Viaje 2008”, organizado por Vagamundos, en colaboración con la editorial “Ediciones del Viento”(España) y de la antología del relato negro V: “Matar a quienes manejan la economía”, Ediciones Irreverentes 2015 (España). He tenido el honor de elogiar "Del glamour a la ciénaga" de Marita Rodríguez-Cazaux (Editorial Dunken 2013), halagar “Rumbo a Zoar y otros relatos” de Violeta Balián (eriginal Books 2014) y prologar “Tengo un amante. 15 relatos devoradores” de Estefanía Farias Martínez (MRV Editor independiente 2015). He colaborado con Periódico Irreverentes (www.periodicoirreverentes.org) desde 2012 y tengo la fortuna, gracias al escritor Santiago García Tirado, de editarlo desde Junio del 2013.



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lunes, 2 de marzo de 2015

EL AUTOR INVITADO: Patricia Nasello


PERDER UN COMBATE
Su cuerpo lo ha decidido, la mente, atontada por años de malos tratos, jamás se hubiese rebelado.



La capa de tierra e inmundicia de cerdo que lo cubre confunde el rastro, los perros que han puesto tras su huella no logran darle alcance. Desfalleciendo y volviéndose a levantar, tras huir toda la jornada, el fugitivo llega al bosque. Sabe que sólo cambia de enemigos, que en lugar de perseguirlo los esbirros del caballero que es su señor, lo harán los guardias reales. Sabe que tanto unos como otros podrían matarlo sin rendir cuentas. Un labriego atado de por vida a la servidumbre del vasallaje en una tierra yerma, no necesita la mente para saber ciertas cosas. 

Tirado sobre la broza tiembla de cansancio, frío, hambre y miedo, cuando, apoyada contra el roble que está frente a él, de pronto ve una espada. Pese a que la oscuridad de la noche es casi perfecta, el hierro de la hoja, impecable, desprende un fulgor extraño. Como extraño es el ánimo que, no más verla, ha regresado a su cuerpo.

Se pone de pie y, este siervo cuyas manos sólo han conocido instrumentos de labranza, toma el arma con una gracia, con una elegancia en el gesto, que cualquier guerrero envidiaría. Ya no tiembla, la espada lo alimenta y conforta. 

Oscuramente intuye que con ella nunca perderá un combate.

Piensa. Su estrategia inmediata es asesinar al primero que pase a caballo. 

—Con poder, todo infeliz es el otro que llevaba guardado —comenta el demonio para sí mismo, entre risas, desde las entrañas del hombre.

© Patricia Nasello

Patricia Nasello, argentina, obtuvo el título de Contadora Pública en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), profesión que nunca ejerció. Tiene publicado el libro de cuentos breves “El manuscrito” edición de autor, 2001. Ha obtenido varios galardones con su trabajo. Posee cuentos publicados en periódicos, revistas culturales y antologías de cuentos tanto en Argentina, su país, como en España, México y Rumania. Algunos de sus cuentos han sido distinguidos con traducciones al inglés, francés, italiano y rumano. Edita las bitácoras “Patricia Nasello microrrelatos, “Piedra y nido”, y “REY ARTURO, el hombre, el mito”.

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martes, 1 de octubre de 2013

LA CLAUDICACIÓN DE PARMENIDES

La vida es sólo la muerte aplazada
Arthur Schopenhauer - El mundo como voluntad y representación
Como con todas las cosas que nos suceden paulatinamente, fue difícil tener perspectiva, incluso para mí. Iba tan embrutecido por el agobio de la historia que fui incapaz de notarlo. Los perros empezaron a eludirme o aún peor, me enseñaban los dientes. Una tarde llevé a unos sobrinos postizos al zoo. Los animales enloquecieron, levantaban los hocicos, se escondían acobardados. ¿Otro ejemplo? Nunca fui un gran bailarín pero cuando me abruma la soledad voy a las milongas. De galán, nada, pero con tanto bagaje existencial siempre tengo charla para conseguir con quien pasar la noche. De repente, nadie quiso bailar conmigo. Rehuían asqueados pasar a mi lado. Hasta que fui invitado a no regresar. Pensé en una alergia al desodorante o algo así y mi médico, como todos sus predecesores, me recibió con alguna curiosidad. Se jactaba de un paciente que no enfermaba ni parecía acusar la erosión del tiempo. Los estudios y análisis no arrojaron dolencia alguna y sin embargo, esta vez, algo estaba muy mal. El olor era pavoroso. Al principio olía a flores muertas, luego a queso rancio y ahora, a fetidez de cementerio. Se culpó a un desarreglo hormonal, a una bacteria invisible, a deficiencias de magnesio o cinc. Cuando se agotaron las causas físicas se invocó un nebuloso stress emocional. Recetas y ungüentos resultaron infructuosos y ya apesto a féretro reventado por los industriosos vapores de la muerte. La Muerte, esa compañera esquiva desde la estocada en la Batalla del Pons Milvius. La mayoría de las legiones de Majencio fuimos masacradas. Con un gladius todavía en el pecho me levanté percibiendo el inasible todo. Fue una asombrada sensación de pertenencia. Desde entonces mi cuerpo se volvió incorruptible. Y así ha permanecido por fatigosos siglos. Un chamán me acercó una videncia, tan absurda como apropiada: mi alma ya no puede seguir encarcelada en un recipiente imperecedero. Extrañamente, lo que se predica como uno, eterno e inmutable está empezando a deshilacharse con hedor insoportable. Aguardo el inesperado desenlace de mi existencia con pánico pero también con ilusión.
© Pablo Martínez Burkett, 2013

PARMENIDES' SURRENDER


Life is just death postponed
Arthur Schopenhauer - The World as Will and Representation
As with all those things that gradually happen to us, it was difficult to get a perspective, even for me. I´d been coarsened by the burdens of History. For starters, dogs avoided me; worse, they showed me their teeth. And when one afternoon I took two of my surrogate nephews to the Zoo, the animals literally went crazy, raised their snouts and hid, scared. Let me give you another example. I was never a good dancer. But sometimes, when loneliness overcomes me, I go the milongas. I am not charming, not at all, but I possess enough existential resources to sweet some ears and get the vague company of a one-night stand. Except that suddenly, nobody wanted to dance with me anymore and refused to be near me. Finally, I was invited to leave. I thought at first I suffered from some type of allergy to deodorants or something like that. My physician examined me, curious; like all of his predecessors, he has always boasted of having a patient who doesn´t get sick, ever and is not affected at all by the passing of time. The tests and screenings did not reveal a disease however, something was quite wrong. The awful stench started to grow. At first, it smelled like dead flowers or old cheese; later on and particularly now, like graveyard perfume. The usual suspects were a hormonal disorder, an invisible bacteria and magnesium or zinc deficiencies. Finally, when all of the physical causes were exhausted they invoked a nebulous emotional stress. Prescriptions and liniments are useless; I stink like a coffin busted by the industrious vapors of death. Oh, Death, my elusive partner since I was wounded at the Battle of Milvian Bridge where most of Maxentius´ legions were slaughtered. After combat and with a gladius in the chest I got up and felt myself connected with the very notion of “Being” and the bright sensation of belonging to the whole. Ever since, my body has become incorruptible. And it has remained so throughout many boring centuries; until now, when a shaman approached me with some ridiculous albeit appropriate clairvoyance: my soul can no longer be imprisoned in an imperishable container. Strangely enough, “That” which has been preached as the “One, eternal and unchangeable” appears to be losing its cohesion, and with an unpleasant smell to boot. In panic and also in hope, I await an astonishing end to my existence.
© Pablo Martinez Burkett, 2013

martes, 30 de julio de 2013

Ejercicio de visión remota


La conciencia es un singular del que se desconoce el plural.
Erwin Schrödinger- ¿Qué es la vida?
Nadie como nosotros para conocer los riesgos de la visualización remota. La inteligencia militar de la Corporación Orwell había destinado millones al desarrollo de un programa experimental en esa área. El capitán Dickinson se ofreció como voluntario. Era un psíquico excepcional. Desde el principio fue capaz de distinguir entre fantasía y representación mental. Por sus cualidades extraordinarias se le ordenó una misión casi sobrenatural: debía conectarse con la red neuronal Griffin. No sería una misión inocente. La Corporación pretendía exterminar a la incipiente Secta de los Filósofos. Originalmente, los implantes Griffin se habían diseñado con fines terapéuticos pero la adaptación para uso recreacional había producido una dependencia masiva en la población. Esta abolición de la voluntad era resistida por nuestra Secta, que predica el libre albedrío. Los arreglos para la incursión punitiva se hicieron con devoción. Al joven capitán le bastaron unos pocos pases para enlazar a la red. Entregados a festejar la codiciada simbiosis entre la mente humana y la terminal mecánica, los jerarcas no advirtieron las maniobras de contrainsurgencia dispuestas por el restaurador Ts’ui Pen. El maestro había entrevisto que esta sería la única oportunidad para modificar lo porvenir. La tarea se confió a la Orden del Símbolo. Somos monjes guerreros entrenados para alcanzar estadios ulteriores de la visión a distancia. Cuando Dickinson accedió al sistema ya habíamos introducido una subrepticia distorsión en las imágenes del futuro. Al regresar, trajo consigo la falsa solución a la indescifrable complejidad de las interconexiones neurales: era imperativo construir el Cubo Errante, un supra-controlador del tráfico de los dispositivos. Una vez montado, el límite entre lo real y lo ilusorio se tornará inescindible y por mucho tiempo, el poder de los Orwell será ilimitado. Tendremos que sobrellevar ese peso en nuestra conciencia. Pero sabemos que un día vamos a infiltrar el Cubo Errante y destruir para siempre a la todopoderosa Corporación. El maestro Ts’ui Pen, la Secta y la hermandad del Símbolo, aguardamos esa jornada con esperanza.
© Pablo Martínez Burkett, 2013
El presente relato ha sido publicado en la edición # 128 de la Revista Digital miNatura dedicado a las distopías. Y es una precuela del relato Mondo Cane, publicado en la edición #102 de la misma Revista.

viernes, 25 de enero de 2013

MISTRANSLATION





MISTRANSLATION


How art thou fallen from heaven,
O you morning star, son of the dawn!
How art thou cut down to the ground,
which didst weaken the nations!
ISAIAH 14:12



HISTORY HAS NOT been sufficiently stringent with the bloody adventures of the "Society for Research and Training in German Ancestral Heritage", the scientific unit created to rescue the origins of the Aryan race. Its members, enthusiastic individuals of oscillating mental stability and lacked professionalism, devoted their efforts to conduct extravagant experiments, quite often fatal ones. Some chronicles wryly evoke failed expeditions to Tibet and the North African desert.

In this instance, an Afrika Korps officer thought he recognized a runic alphabet carved in stone. The leaders of the Ahnenerbe stealthy sent over a contingent of linguists. After reviewing the inscriptions, they presaged a very important finding. It certainly was a huge discovery albeit most abnormal for as it turned out. From under many tons of sand emerged a colossal statue instead of the prophesied Viking city. The human-shaped giant showed angular features, a hooded head, an elaborately-carved breastplate and hands that rested on the hilt of the sword. All of these features suggested a mythical warrior of unknown lineage. However, the obsequious chieftains of the NSDAP Party rushed to authenticate the image as that of an ancient Germanic god. The frenzy that followed was advanced and accredited by the absence of any analogy with the Egyptian canons, but especially for its condition as a winged-being. Strictly speaking, a mono-winged creature; the other appendage appeared to have been sliced off at the base and not by the industrious course of ages but by the sculptor´s own chisel. As it stood, the effigy´s nobility was somewhat altered by this detail which if deliberate was no less disturbing.

The war was unfavorable. It was said a British blast buried the whole excavation. Others affirmed it was blown up by the Nazis themselves enraged after hearing that scrupulous readings concluded the cuneiform characters were a form of earliest Hebrew. They were so angered by the revelation as well as by the example of degenerate art in their hands, thus no one paid attention to the fatal warning hidden at the foot of the statue: "Behold Michael, defeated commander of heavenly militia. Generations will profess otherwise, but I, Shaytan, who was created from smokeless fire, killed him once and forever. "


© Pablo MARTÍNEZ BURKETT, 2012


This story was published in # 124 of Revista digital miNatura

ERROR DE TRADUCCION


Foto de Pablo Martínez Burkett de la obra del arquitecto Salamone en el Cementerio de Azul



ERROR DE TRADUCCIÓN

¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado
fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones.
Isaías, 14:12



LA HISTORIA NO ha sido muy rigurosa con las sangrientas andanzas de la “Sociedad para la Investigación y Enseñanza sobre la Herencia Ancestral Alemana”, unidad científica de las SS, creada para rescatar el origen de la raza aria. Sus miembros eran fanáticos de oscilante estabilidad mental, carentes de rigor profesional, que dedicaban su esfuerzo a elucubrar experimentos extravagantes y no pocas veces, mortales. Las crónicas evocan con ironía las fallidas expediciones al Tibet y al desierto norafricano.

En este caso, un oficial del Afrika Korps creyó reconocer unas letras del alfabeto rúnico talladas en la piedra y con sigilo, los jerarcas de la Ahnenerbe enviaron un contingente de lingüistas que, tras revisar las inscripciones, presagiaron un hallazgo descomunal. Es cierto que hubo un descubrimiento pero resultó del todo anómalo. Bajo toneladas de arena, en lugar de la profetizada urbe vikinga, emergió una estatua colosal. El gigante, de forma humana, pero rasgos angulares, llevaba la cabeza embozada, peto ricamente labrado y las manos apoyadas en el pomo de la espada. Tal vez representara a un mítico guerrero de estirpe desconocida pero los obsecuentes del Partido se apresuraron en autenticar la imagen de un antiguo dios germánico. Abonaban su frenesí en la ausencia de analogía con el canon egipcio, pero sobre todo, en la condición alada del ser. En rigor de verdad, criatura de una única ala, porque la otra lucía rebanada en la base, no por el industrioso curso de las edades sino por el cincel del autor. La nobleza de la efigie se alteraba por ese detalle, si por deliberado, no menos inquietante.

La guerra fue adversa. Dicen que un obús británico sepultó la excavación. Otros, que fue volada por los propios nazis, enfurecidos. Escrupulosas relecturas precisaron que los caracteres eran una forma cuneiforme del hebreo temprano. Indignados por esta revelación de arte degenerado, nadie prestó atención a la fatal advertencia escondida al pie de la estatua: “Ved aquí a Miguel, vencido jefe de la milicia celestial. Las generaciones profesarán lo contrario, pero yo, Shaitán, el creado del fuego sin humo, lo he matado de una vez para siempre”.



© Pablo Martínez Burkett, 2012



El presente relato fue publicado en el #124 de la Revista digital miNatura


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sábado, 25 de febrero de 2012

SIN CONTRASEÑA



Porque si no te mantienes despierto vendré como un ladrón, sin que sepas a qué hora te sorprenderé.
Después de tres días de lluvia, el cielo estrena un sol de color amarillo perezoso y enhebra algunas nubes, distraídas del destino de los hombres. Allá, contra el río, un avión maniobra rasante en aproximación a la pista del Aeroparque. Pienso en sus pasajeros. Muchos vendrán por negocios, otros tantos de paseo. Tal vez alguno ya vislumbra las sábanas que lo esperan con carnal impaciencia mientras que otro, quizás, no imagina que lo aguarda una noticia inaplazable. Lo mismo podría predicarse de cada uno de los que vamos en esta marabunta de autos que vomita el Acceso Norte. En este momento son las penurias del tránsito las que nos embriagan hasta la somnolencia. Dentro de un rato, cualquier otra cosa. Y vamos por la vida como en un sueño. Y en la hora mejor (porque siempre es en la hora mejor), alguien nos sacude para apercibirnos de que estábamos soñando.
Hoy me gustaría ser Cósimo Schmitz, aquel célebre herrero del cuento de Macedonio Fernández a quien, en una cirugía pública, le extirparon el sentido de la futuridad. Y si es por querer, ni siquiera aspiro a conservar los preceptivos ocho minutos de anticipación. No deseo esa previsibilidad. En realidad, lo que quiero, aunque yo no maté a nadie, es andar por el mundo sin esperanza pero también, sin temor. Vagar, indolente. Dejarme vivir, desnudo de urgencias. Sentarme en un bar a mirar la gente que pasa por la vereda mientras se me enfría el café. O envidiar la juiciosa ignorancia de las palomas en la Plaza de Mayo. Ya. Ahora. Como si tuviera la contraseña para eludir esta brutal sucesión de causas y efectos.
¿Al final qué somos? Rostros, recuerdos, remedios. Santos, devociones y rezos. Contiendas, fracasos, ilusiones. Una ristra de palabras en el relato de una divinidad dormida. Eslabones en la azarosa cadena de la vida. Nunca sabremos cuándo fue la última vez que hicimos algo, que estuvimos con alguien. Pero deberíamos. Porque uno hubiera podido retener un detalle, paladear una melodía, preservar el eco de una caricia. Recobrar el olor del aceite de oliva con el que cocinaba mi abuela. O el aroma quieto de azahar en la madrugada o la sonrisa aquella, por haber merecido el primer beso. ¿Y si me bajo de este aluvión inmóvil de coches que no va a ninguna parte? Eso sí que sería incurrir en algo novedoso. No hacer lo esperado. No cumplir con todo. Deshonrar la confianza de todos. Descarriarse. Consentirse. Ser otro. Eso, ser otro.
Un sobre blanco con los colores sobrios del Hospital Zonal va en el asiento del acompañante. Lleva mi nombre. Bien conozco el veredicto que cobija. Sí, así, sin aviso. Es un juego perdido, sin sentido, lo sé, pero igual apostaría el olvido de lo que fui contra la ignorancia de todo lo que no seré, salvo una foto marchita.
© Pablo Martínez Burkett, 2011 

jueves, 16 de junio de 2011

EL COLLAR DE GRAM






                                   Hiet hat das maere ein ende: das ist der Nibelunge not (1).
                                                                                 Nibelungenlied







No sé qué me gusta más, si atinar el mejor recorrido por las calles de una ciudad capital o las charlas entre compañeros mientras se prorroga la espera. Alineados juiciosamente en las afueras de un ministerio, nunciatura o presidencia, los choferes nos entregamos con saña al tráfico de ociosidades, chistes obscenos y alguna imprudencia sobre la vida privada de los embajadores. En realidad, somos el poder detrás del poder pues sabemos lo que hay que saber. Como por ejemplo, que Sigfried, el austríaco, cura de palabra. No hay dolor de espalda, resaca o impotencia que no pueda conjurar. Aunque es un hombre de corazón sensible, no lo hace para todos, sino con aquellos en cuya lealtad confía. Dicen que cierra los ojos, extiende las manos, eleva un rezo y se consuma el prodigio. Pese a mi codicia nunca había conseguido que me revelara el origen de su magia.

Cierta vez fuimos a su casa y logré emborracharlo. Para propiciar la infidencia, celebré su nombre de héroe germánico. Sonrió asintiendo y balbuceó algo sobre la progenie de los antiguos dioses. Luego, se quitó un collar de metal trenzado, en forma de herradura y rematado en cada extremo con una cabeza de dragón. Me confesó que era todo lo que conservaba de su fiel Gram. Mi versación en las sagas vikingas era bastante como para saber que aludía a la espada forjada por Völundr, herrero diestro en hechicerías. Por obra del abundante aquavit, torné a creer que esa pieza de orfebrería bestial provenía del acero homicida de Fafner, el dragón custodio del oro maldito. Y con un eco de pretéritas leyendas, confirmé que los revulsivos atajos temporales volvían a enfrentarnos.

Los noticieros anunciaron la desgraciada muerte del chofer de la embajada de Austria. Se descartaba cualquier hecho de violencia y nada se mencionaba del robo del collar, del oro o aún, las gemas. Al parecer, murió ahogado en su tina de baño, donde se quedó dormido por el abuso de alcohol y otras sustancias. Al poco tiempo, promovieron a mi jefe a la sede diplomática en la India. ¡Pero qué torpeza la mía! omití presentarme: soy Hagen Tronje, chofer de Gunnarr de Worms, el atrabiliario embajador de Islandia.





© Pablo Martínez Burkett, 2011

 
 
 
(1) Aquí tiene su fin el cantar: ésta es la desdicha de los Nibelungos – El Cantar de los Nibelungos.
 
 

El presente texto fue publicado en la edición # 111 (mayo-junio 2011) de la Revista miNatura, revista digital de lo breve y lo fantástico. Este número estuvo dedicado a las espadas y la brujería.

martes, 8 de marzo de 2011

EL ORIGEN DE LA TRAGEDIA

Jealous in honor, sudden and quick in quarrel, seeking the bubble reputation even in the cannon's mouth.
William Shakespeare - As you like it, Act II - Scene VII


 


La imagen no podía ser más patética. Ni siquiera la doble faja lograba disimular al vientre descomedido. Afortunadamente, el casco le cubría la calva. La caústica erosión de los años no perdonaba ni a los superhéroes. Mientras resistía el asedio de unos niños de besos pegajosos, quiso haber sido cualquier otro porvenir. En verdad, deseó reescribir el pasado. Pero todo sucedió tantos años atrás que ya se le borroneaban los límites entre lo real y lo apócrifo. No así a los hagiógrafos que, con perdonable embeleso, le atribuían orígenes legendarios. Nada más falso. Fue una conjunción de azares. Muchos, demasiados.


 

La desdicha empezó en 1951 cuando el Courier de Charleston -Carolina del Sur- cerró una edición dominical citando a Nietzsche: “Muertos están todos los dioses, ahora queremos que viva el superhombre”. No es de extrañar que la idea cobrara fuerza y pronto hubo consenso sobre la necesidad de un paladín local, no sólo para enfrentar al crimen sino también, para defender al país de la agresión comunista. Un vórtice de tiempo se disponía a devorarlo pero ajeno a ello, el entonces joven Jimmy Stevens se preparaba para asistir a la fiesta que organizaba su fraternidad por Halloween. Poncho, un condiscípulo aficionado a la lucha libre, le había prestado un traje de Quetzalcóatl, el dios serpiente de los mexicanos.




El disfraz consistía en una cota de malla muy ajustada, una capa y unas botas de caña alta. El yelmo, de grandes colmillos, le daba un fiero aspecto. Para disimular el rostro, se puso un antifaz negro. En un arresto de pudor sureño, usó un calzón con la bandera confederada para cubrir sus partes privadas y lo aseguró con un cinturón de buceo. Ya de camino a la fiesta, se desvió para rescatar el gato de una vecina. Un fotógrafo lo sorprendió trepado a un cerezo con el felino acróbata pero torpe. A la mañana el Courier tituló con orgullo “La era del superhéroe ha llegado”. Un ofidio vernáculo proveyó el alias: Cotton Mouth Snake, así como las cualidades de tenacidad, intuición y encantamiento letal. Más tarde sería “El Vigilante de Palmetto”, “The Holy City Cavalier” y otros tantos excesos. Todo estaba dispuesto para que la Historia lo vomitara sin piedad. El resto, pertenece a la tragedia.



© Pablo Martínez Burkett, 2011



El presente texto fue publicado en la edición # 109 (marzo-abril 2011) de la Revista miNatura, revista digital de lo breve y lo fantástico. Este número estuvo dedicado a los superhéroes.

jueves, 23 de diciembre de 2010

ANOMALIA TEOLOGICA

Dedicado a María Inés                                                                          





                           
Pero no pudieron entender
su lenguaje entre ellos mismos,
nada pudieron conseguir y nada
pudieron hacer.

POPOL VUH, Capítulo II




 

EN UN ARRABAL del universo, el dios Gran Conejo Saltador se aburría de sus muchas eternidades y resolvió dar vida a las ínfimas partículas que conforman lo que es. Entonces, se encogió para que en el espacio vacante se revelara otra parte de su esencia. Y así, las cosas fueron y lo unitario provino del todo, quizás, como nuevo lenguaje divino.

Y el Corazón del Cielo se llenó de alegría por hijos tan esclarecidos, capaces de entender las maravillas de la vida terrenal y la bóveda celeste. Pero luego del encandilamiento primero, la creatura olvidó que también era parte del mismo idioma y renegó contra el Corazón de la Tierra. De alguna manera, el creado-no-engendrado halló agravio en esa habilidad de percibir el zumbido primordial y pronto decidió atentar con alevosía equivalente.

Cuenta el mito que el Formador se fastidió menos por la desmemoria que por el método seleccionado para perpetrar la felonía. El relato omite lo que sucedió cuando el Creador supo que aquello no era olvido ni indolencia sino que el fruto de su corazón acudía a enunciado tan subalterno para comunicar su emancipación.

Consecuentemente, buena parte de la exégesis se extravió hilando silogismo tras silogismo para justificar el anatema (por su efecto pacificador este ha sido el embuste prevalente). Unos pocos alcanzaron sensibilidad bastante para entrever que una migración desde la perplejidad a la iracundia era sólo un atajo narrativo. Incontinencias semejantes son impropias de la divinidad. El Maestro Gigante no sufrió hesitación alguna.

Porque la traición, para la Huella del Relámpago, siempre se pagó con sangre.



© Pablo Martínez Burkett, 2010