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sábado, 30 de diciembre de 2017

CABOS SUELTOS



CABOS SUELTOS (*)



Lo que es desagradable y molesta a mi
modestia es que en el fondo yo soy todos
y cada uno de los nombres de la historia.
Carta de Nietzsche a Jacob Burckhardt 



Los diarios retrataban la catástrofe de Saint Pierre, capital de la Martinica. Más de treinta mil personas abrasadas por la ira del volcán. Semejante matanza me tenía desolado. Pensé que tomar un poco de aire no me vendría mal, aunque fuera para investigar una muerte. Un caso de suicidio, algo habitual en la Heathfull-House, hospicio frente a la bahía. El occiso era un francés que antes de ahorcarse escribió en las paredes: “Ce ne fut pas le volcan. Ce fut le fulgurateur”. Su escueta historia clínica era la de un esquizofrénico que dos días atrás entró en un estado de alteración inusual con alucinaciones persecutorias. Inicié las pesquisas. Aunque el personal no mostró deseos de colaborar me las ingenié para descubrir que el infortunado tuvo un brote severo cuando se enteró por un guardia de la tragedia en la isla. Me senté en el jardín a fumar, tratando de atar los muchos cabos sueltos. Uno de los internos se acercó a pedirme tabaco. Mirando al cielo repitió varias veces que el muerto era amigo de un paciente al que un enfermero espía y unos piratas habían raptado en un lugar secreto del Caribe. Cuando quise indagar algo más se bloqueó y empezó a canturrear. Eran palabras de un demente, pero por las dudas, pedí los archivos. Con algo de esfuerzo encontré la historia clínica de un tal Tomás Roch, ingeniero de profesión, que perdió la cordura cuando no encontró comprador para “El fulgurador de Roch”, un arma de destrucción masiva con capacidad de arrasar diez kilómetros a la redonda. Aunque dicen que en Europa hay un doctor Freud que develó el inconsciente, me consta que aquí todavía no curan a nadie. Sin embargo, en el registro de Roch una anotación breve lo daba de alta. Algo muy anómalo. Más extraño resultó que dos gorilas de blanco vinieran a buscarme alegando que falté a mi sesión de electro-shock. Obviamente me confunden: Soy el sheriff de New Bern. Estoy aquí para investigar un suicidio y ahora, una desaparición de persona y una posible conspiración criminal para volar una isla. Pero no logro que razonen. Encontré un pedazo de papel y antes de que me frían el cerebro escribo un pedido de auxilio. Por favor, que alguien venga a rescatarme. 




© Pablo Martínez Burkett, 2017

(*) El presente cuento corto fue publicado en la edición #158 de la Revista miNatura "Dossier Julio Verne".

Muchas gracias por visitar EL ECLIPSE DE GYLLENE DRAKEN. Si te parece, puedes dejar un comentario. Conocer tu opinión es muy importante para los que hacemos el blog. Si te ha gustado o crees que a alguien más le pudiera gustar, te pedimos por favor que lo compartas en las redes sociales. Gracias otra vez. Y esperamos que vuelvas.

LOOSE ENDS



LOOSE ENDS (*)



The unpleasant thing, which offends my modesty, 
is that fundamentally I am every name in history

Letter from Nietzsche to Jacob Burckardt

Newspapers portrayed the catastrophe of Saint Pierre, capital of Martinique. More than thirty thousand people burned by a volcanos rage. Such slaughter had me desolated. I thought taking some air would be a clever idea, even if it was to investigate a death. A case of suicide, something very common in the Healthful-House, a hospice in front of the bay. The deceased was a Frenchman who before hanging himself wrote on the walls: "Ce ne fut pas le volcan. Ce fut le fulgurateur". According to his brief clinical history, he was a severe schizophrenic who two days ago went into an unusual state of alteration with persecutory hallucinations. I started to investigate. Although the staff showed no desire to collaborate I managed to discover that the unfortunate man had a huge outburst when he learned about of the islands tragedy from a guard. I sat in the garden, and I lighted a cigarette trying to tie the loose ends. One of the inmates approached me for tobacco. Looking at the sky, he repeated several times that the dead man was a friend of a patient whom a spy male nurse and some pirates had kidnapped in a secret place in the Caribbean. As soon as I wanted to find out a bit more, he shut up and began to hum. They were the words of a madman, but just in case, I asked for the files. It took some effort, but I managed to find the medical records of some Thomas Roch, an engineer, who lost his sanity when he did not find a buyer for "The Roch's Fulgurator," a so-called weapon of mass destruction capable of destroying ten kilometers around. Although they say that in Europe there is a doctor Freud who unveiled the unconscious, over here they still do not cure anyone. There was, however, that brief annotation in Rochs records which discharged him. Something very abnormal. And much weirder, it turned out when two gorillas in white approached me and claimed I had missed my electro-shock session. Obviously, they thought I was someone else, not the sheriff of New Bern who is here to investigate a suicide and now, a missing person and a possible criminal conspiracy to blow up the island. In any case, I could not make them understand the situation, so I grabbed a piece of paper, and before I got my brains fried I wrote for help: Please, send someone to rescue me.



© Pablo Martínez Burkett, 2017

(*) This short story was published in #158 of Revista miNatura, dossier "Jules Verne".


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viernes, 10 de febrero de 2012

"Hay otro mundo ahí dentro", apertura por Julio Verne







HAY OTRO MUNDO AHÍ ADENTRO
Imaginemos a un chico de unos diez años, despatarrado en un sillón, un libro en las manos y los ojitos como destellos, renglón por renglón, página por página. Aunque está rodeado por la biblioteca de su padre y los queridos objetos, en realidad, no está allí. No debe engañarnos que cada tanto haga alguna anotación en un cuaderno o que se pare para revisar el inmenso globo terráqueo. No está allí. Ya se escucharon un par de: “¡A comer!” que no han podido quebrar el encantamiento que lo mantiene atrapado en un mundo fabulosamente oculto en el vientre del planeta.
El libro que está leyendo cuenta que Otto Lindenbrock, un profesor alemán y su sobrino Axel viajan hasta Islandia. Junto con Hans, el guía; se introducen en el cráter de un volcán con el deseo de alcanzar el centro mismo de la Tierra. No están locos, sino que siguen las indicaciones precisas de un mapa de la Edad Media, confeccionado por un sabio alquimista en el antiguo idioma de los vikingos. A medida que descienden, atraviesan galerías asfixiantes; bóvedas increíbles; un bosque de hongos enormes; un océano de playas sulfurosas; monstruos marinos que luchan entre sí y hasta se topan con un hombre, más bien un gigante, oficiando de pastor de un rebaño de animales prehistóricos. Jornada tras jornada se suceden las maravillas y los peligros. No pocas veces están a punto de morir. Sofocados por el calor, construyen una balsa y finalmente, tras una dosis de dinamita, una corriente los arrastra por surtidores de agua hirviendo, hasta emerger por la boca de otro volcán. Sí, otro volcán. Entraron por un volcán casi en el Polo Norte y salieron por un volcán en medio del mar Mediterráneo: ¡a 6.000 km de distancia!
El chico sonríe feliz, porque la historia confirma una de sus más íntimas sospechas: hay otros mundos por explorar más allá de la Madre Rusia. Ávido de emociones, quiere nuevos libros del mismo autor. Así puede leer “De la Tierra a la Luna”. Ese chico aún no se lo imagina, pero será el primer hombre en viajar al espacio. Se llama Yuri Gagarin y ya cubierto fama dirá: “fue por Julio Verne que me decidí a ser astronauta”.
El 8 de febrero de 1828, nacía Julio Verne, uno de los más grandes escritores de novelas de aventuras y uno de los padres de la ciencia ficción. En sus obras supo anticipar muchos de los prodigios tecnológicos del siglo XX, como los cohetes espaciales; el submarino; internet; los helicópteros y los ascensores.
© Pablo Martínez Burkett, 2012